Alessandra se encaminó con los documentos lo más tranquila que pudo a la oficina de Dominic y a pesar de sentirse muchísimo más ansiosa que en otras ocasiones, trató de portarse lo más profesional y calmada posible, estaba en el trabajo, no debía olvidarlo, por lo tanto, comenzaría por aprender a separar lo personal de lo laboral. Tocó directamente la puerta ya que Clara no estaba en su puesto, escuchó aquella gruesa voz autorizar la entrada y con toda la valentía posible, entró, pidiéndole a Dios que apaciguara su angustia, ya de por sí traía muchas cosas en la cabeza esa mañana y con lo que había leído en el diario hacía unos minutos, sus inquietudes aumentaron más.
En primera instancia, miró la esbelta figura y el largo cabello negro lacio de su compañera de labores, Clara, quien estaba frente al imperial escritorio del imponente y respetable magnate recibiendo unas indicaciones, su mirada se encontró con la de él por cortos segundos y el pulso se le descontroló con ese pequeño contacto visual. Aguardó en su sitio mientras ellos terminaban de entenderse y mientras ella trataba de controlar sus descontroladas emociones.
De manera discreta, se aventuró a mirarlo una vez más, en esa ocasión, él no la veía, así que aprovechó para admirarlo a sus anchas, lo de galante y atractivo estaba de más mencionarlo, pues siempre lucía así de bien, pero ese día, mucho más, con el costoso traje café que portaba y los ligeros movimientos elegantes de sus manos, hacía que casi se le cayera la baba al contemplarlo. Y después de... haberlo conocido más íntimamente... Cristo Misericordioso... ese hombre no sería fácil de olvidar. Ya mejor ni pensaba en eso y se concentraba en los motivos por los que estaba ahí... trabajo.
La bonita pelinegra dio la vuelta cuando hubo terminado de recibir todas las instrucciones de su jefe y le regaló una genuina sonrisa a su amiga al verla, sonrisa que fue correspondida por Alessandra con la misma sinceridad. Tras escuchar que la puerta se cerró, ella avanzó a pasos lentos hasta donde se encontraba él aguardando y notándolo muy serio, decidió ir directamente al grano, explicándole exactamente lo mismo que Vittorio le había indicado. Dominic tomó los documentos sin dejar de mirarla, luego de una rápida revisión los firmó, selló y se los entregó.
La castaña los tomó de vuelta, seria, agradeció de la manera más formal que pudo e hizo ademán en retirarse, sin embargo, cuando se dio la vuelta para salir, escuchó esa demandante voz hablarle.
—¿No dirás nada? — inquirió él, observando furtivamente el redondo, tentador y respingado trasero que se resaltaba muchísimo más con ese elegante conjunto blanco que su mujer llevaba puesto, porque Alessandra era eso, su mujer, en todo el sentido de la palabra.
Ella volteó para encararlo.
—No tengo nada que decir, del todo caso, el que tendría que decir algo, eres tú, no yo— contestó indiferente.
Él sonrió ante su respuesta cortante y contundente. Le gustaba muchísimo el progreso llevaban en su relación, ella ya no era cohibida como al principio y eso solo era sinónimo de que iban avanzando muy bien y que por lo tanto, la confianza entre ambos era mucho mayor.
—Tienes razón, sé que te debo una explicación—le dijo, poniéndose en pie y caminando hasta ella—. Necesitaba tenerla cerca, sentirla, aspirar su olor, toda la noche la extrañó y añoró tanto en su cama, que se había sentido más solo que nunca, bastó una sola noche juntos, para desear dormir a su lado siempre. —Pero no será ahora, tengo una importante reunión a la que asistir en este momento—explicó, tomándola de la cintura delicadamente.
Alessandra no se resistió a su abrazo, aunque seguía portándose distante, cosa que dejó a un lado, cuando divisó una pequeña herida y un moretón en la esquina de su labio inferior masculino.
—¿Qué te pasó en el labio? —lo interrogó ceñuda, a la vez que tomaba su rostro entre sus manos y pasaba su dedo pulgar por la zona lastimada.
—Algo sin importancia—se limitó a responder embelesado por la preocupada y bella mujer que tenía entre sus brazos.
—¡Cómo que algo sin importancia! —Esta herida no la tenías ayer que me dejaste en casa, Dominic, ¿cómo te la hiciste? —insistió y sonaba muy molesta.
—Ya te dije que no es nada, amor, pero me encanta ver que mi mujercita se preocupa por mí—. La besó en la frente.
Ella sintió que su cuerpo tembló al escucharlo llamarla así, no obstante, no logró hacerla distenderse del asunto.
—No quieras desviar el tema y dime cómo te lastimaste—de pronto, una idea surgió en su cabeza—. No me digas que... ¿anoche te devolviste al restaurante y te enfrentaste con ese hombre? —lo miró fijamente, era la única manera de explicar su labio partido.
Dominic la miró con sorpresa, ni cómo negarlo si era la verdad, su mujer era demasiado inteligente.
—No podía dejar pasar por alto el hecho de que te tratara de esa manera tan irrespetuosa— se excusó él encogiéndose de hombros—. A mi mujer nadie puede faltarle al respeto y menos en mi presencia.
El corazón de Alessandra se aceleró, le encantaba que la llamara así, "su mujer" sí, ella se sentía y era su mujer, suya y de nadie más.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Impacto italiano