Alessandra quiso oponerse, evadir y resistirse al abrazo a pesar de que todo su ser le pedía a gritos lo contrario, sin embargo, sentir la calidez de su musculoso pecho, lo reconfortante que era tener esos fuertes brazos a su alrededor otra vez y el cúmulo de sensaciones por las que su cuerpo atravesó al escuchar ese te amo tan sincero, hizo que dejara de rechazarlo y se dejara llevar por todo lo que su corazón sentía. Lo abrazó rodeándolo por el cuello y Dominic sintió que algo dentro suyo volvió a la vida, la apretó más intensamente contra él, al mismo tiempo que seguía susurrándole al oído lo mucho que la amaba. No dejó de decírselo, se lo repitió una y otra vez para que ella lo entendiera y no le quedara la menor duda.
—Dominic—la escuchó llamarlo bajito, momentos después de estar fundidos en ese profundo abrazo, en el que, por alguna razón, perdieron la noción del tiempo—. La sintió reticente de nuevo y con deseos de liberarse del cautiverio de sus brazos, no obstante, no se lo permitió, ya no.
—Deja de resistirte— murmuró él, mientras buscaba desesperado su mirada y le acariciaba muy lentamente la espalda, enviándole miles de descargas eléctricas por todo su cuerpo— deja de resistirte a esto que sentimos los dos, a mí, a nuestro amor—musitó seductoramente, mirándole los labios con hambre—. La castaña se quedó sin aliento al ver la intensidad en sus penetrantes ojos que de pronto, se tornaron oscuros, esos ojos que le taladraban y desnudaban el alma por completo, suspiró cuando lo vio bajar a su boca, apretó sus pequeñas manos contra sus anchos hombros arrugándole un poco la camisa, cuando esos carnosos y suaves labios por fin rozaron los suyos.
—Mmmm—gimieron ambos al unísono, en cuanto entraron en contacto sus bocas y se unieron sus lenguas, se aferraron más el uno al otro como si de eso dependieran sus vidas—. El beso en un inicio fue lento, pero profundo a la vez, se sintieron, se probaron, se saborearon como quien degusta un exquisito postre y luego, sin previo aviso, la atmósfera cambió, tornándose un ambiente más intenso, donde sus cuerpos se reclamaron y exigieron con desesperación, con frenesí.Caminaron hasta el interior de la recámara sin romper el contacto y en cuanto cerraron la puerta, Dominic la acorraló contra esta, guio una de sus grandes manos a su cuello para acariciarla, luego acunó su rostro y la besó con más ardor, con más pasión, con más...amor, con todos esos sentimientos que por tantos meses, tuvo que contener y reprimir.
—Te amo—susurró él sobre sus labios, con voz ronca y apasionada—te necesito—añadió con apetito—te deseo, te deseo hoy más que nunca—terminó diciéndole, a la vez que bajaba los tirantes de su camisón y este caía hasta arremolinarse a sus pies.
—Oooh —gimió y se arqueó Alessandra sin aliento, cuando sintió como de repente, una de sus manos, apenas tomaba y rozaba uno de sus llenos y turgentes senos.
—Estás tan sensible—musitó Dominic fascinado por sus reacciones, a la vez que repartía besos desde su oreja, barbilla, cuello y hombros—. Ella de por si era apasionada, no obstante, con el embarazo estaba aún más sensitiva y eso solo lo volvió loco y lo puso más impaciente.
—Dios—jadeó Alessandra, perdiendo todo signo de cordura, cuando sintió la tibia lengua de Dominic torturar uno de sus erguidos pezones.
¡POR EL AMOR DE TODOS LOS SANTOS! Había extrañado a ese hombre con cada fibra de su ser.
—Te extrañé tanto—dijo él suavemente, cuando dirigía sus atenciones a su otro pezón—extrañé tu olor, extrañé tu piel, tu calor, tu sonrisa, tus labios, tus ojos, extrañé todo de ti—expresó agitado, guardó silencio unos segundos y prosiguió ahora con una pregunta— ¿Y tú? ¿Me extrañaste? ¿Extrañaste nuestros momentos juntos? —Dime—insistió, mientras se arrodillaba.
—Aaaah, sí—respondió ella con voz ahogada, evitando soltar un grito, cuando Dominic besó su monte de venus por encima de la diminuta tela de su braga de encaje—. Las piernas le temblaron, sentía que iba a desplomarse, de un momento a otro, lo tomó de los hombros, lo atrajo hasta sus labios y lo besó con vehemencia en lo que lo despojaba de su camiseta. Cuando su escultural torso estuvo al descubierto, pasó ambas manos con las palmas abiertas sobre sus definidos pectorales y lo acarició haciéndole perder más el control.
—Te amo, Dominic—le susurró no pudiendo retenerlo más—te amo y te amaré por siempre.
Él sonrió ampliamente, estaba deseando que se lo dijera y ya que lo había escuchado, no le cabía la felicidad en el pecho. La alzó en brazos lleno de júbilo, ella enrolló sus piernas alrededor de su cadera y así besándose, como si el mundo se fuese a acabar, la llevó hasta la cama, la depositó suavemente sobre el colchón y se quedó entre sus piernas. Unas vez más sus besos comenzaron a descender desde sus labios, su barbilla, su cuello, sus pechos, su apenas abultado vientre, hasta llegar a su entrepierna, le fue bajando las bragas hasta revelar su total desnudez y su viril miembro reaccionó de inmediato, endureciéndose más al volver a tenerla así. Se deshizo con una rapidez impresionante de sus pantalones y su bóxer, quedando él también completamente desnudo. Quería hacerla suya, moría por estar en su interior y no salir de ahí jamás, la piel le quemaba, le ardía en llamas, no recordaba haberse sentido tan desesperado de poseerla antes, como se sentía en ese preciso instante.
Enterró su rostro entre sus blancos muslos y con su hábil lengua, la torturó hasta el punto de hacerla estallar en un potente orgasmo que no pudo seguir conteniendo por más tiempo, sin embargo, la tortura no terminó ahí, porque cuando ella creyó tener un poco de sosiego y paz en su interior, la suave invasión de su duro y grande falo, la hizo retorcerse de placer bajo su fornido cuerpo.
Los gemidos no se hicieron esperar, cuando él comenzó con lentos movimientos circulares hasta hacerla perder la consciencia de todo alrededor y a medida que pasaron los segundos, las embestidas comenzaron a ser más rápidas y certeras, la satisfacción, el goce y el nivel de excitación de ambos fue tanto, que tuvieron que acallar sus desesperados gemidos con besos, o de lo contrario, despertarían a todos en la casa.
Los dos se quedaron sin fuerza alguna y prácticamente inmóviles cuando al mismo tiempo estallaron en un feroz clímax, Dominic con mucho cuidado salió de su interior y con las pocas energías que le quedaban, la besó en la frente y la pegó a su cuerpo hasta sentir como poco a poco sus agitadas respiraciones y acelerados corazones volvían a la normalidad. Se miraron por largos minutos sin decirse nada, ese silencio decía más que mil palabras, sus miradas brillaban llenas de felicidad, ese volvía a ser un nuevo comienzo, una nueva oportunidad que ninguno de los dos desaprovecharía.
—Los amo, los amo a los dos, son lo más importante y valioso que tengo en mi vida—le hizo saber Dominic abrazándola fuerte—. Su alegría y dicha eran tan inmensas, que unas lágrimas rodaron por sus mejillas, apenado por sentirse débil y expuesto, escondió su rostro en esa larga cabellera y su agarre se hizo más posesivo, Alessandra percibió su estado y buscó sus ojos, se llenó de ternura al verlo así, parecía un niño indefenso.
—No llores, mi amor— le dijo, sabiendo que ella igual comenzaba a llorar—. Nosotros también te amamos y te amamos mucho—agregó besándolo tiernamente en los labios.

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