—Te he notado muy pensativa hoy, Ale, ¿te sientes bien? ¿Ocurrió algo? —preguntó Clara preocupada, al ver a su dulce compañera especialmente callada y distraída ese día—. Estaban solas en la pequeña cafetería del piso, el día estaba lluvioso y frío, el invierno ya se aproximaba y no tenían ánimos de salir a comer fuera, así que se tomaron la molestia de pedir sushi para almorzar ahí, en ese reconfortante y cálido espacio.
—Estoy bien, gracias por preguntar—sonrió a medias—. No pude dormir bien anoche, es todo—contestó en tono neutral, mientras se llevaba un bocado de Sushi a la boca. En todo el fin de semana, no había podido sacarse de la cabeza la proposición tan indecorosa que le hizo el hermano de su jefe y se preguntaba si debería hablarlo con Vittorio o simplemente quedarse callada. Pero lo peor de todo y lo que más la atormentaba, era que se sentía como una verdadera estúpida al experimentar una fuerte atracción hacia él, a pesar del atrevimiento que había tenido con ella, claro estaba que no por eso sería una tonta, no era como las demás, tampoco estaba dispuesta a ser una más de su lista de conquistas.
—¿Algún chico te ha robado el pensamiento? —inquirió repentinamente la pelinegra.
Alessandra se ruborizó inconscientemente.
—No, no, claro que no—negó de inmediato, viniendo a su mente unos ojos azul grisáceo—. No lo había visto ese día y ojalá no lo hiciera, sentía que le daban náuseas con el solo hecho de imaginar que lo vería. ¿Cómo reaccionaría al verlo después de su forma de proceder con ella? ¿Debería actuar molesta o solo ignorar el hecho y dejarlo pasar? Definitivamente mantener distancia e indiferencia con él, era lo mejor. Y si volvía a cruzar la línea, hablaría con Vittorio.
Clara rio al ponerla en evidencia. Sus enrojecidas mejillas la delataban.
—A mí me parece que si hay un chico que te ha robado el aliento y no me lo quieres contar—le guiñó un ojo.
—Bueno, sí, hay un chico que me gusta, pero nada importante, es más, ya casi ni me acuerdo de él—mintió Alessandra para salir del percance—. Por ningún motivo quería que alguien descubriera lo que estaba comenzando a sentir por Dominic Lombardo, el hombre más mujeriego y patán de todo Inglaterra.
—¿Y es de por aquí? —Indagó su compañera.
—No, de Canterbury—volvió a mentir—. Precisamente por eso, es que ya no pienso mucho en él, no le veo desde que me mudé acá y como no creo que yo vuelva a vivir allá, es muy probable que no lo vuelva a ver.
—Pero para eso existen los teléfonos celulares, pueden llamarse todos los días, hacerse video llamadas y verse los fines de semana—. Canterbury no está lejos, puede venir un fin de semana él y el siguiente vas tú—sugirió Clara, creyendo francamente en la falsa historia que inventó su amiga.
—Es que creo en realidad no me gusta tanto, quizás por eso he perdido el interés.
—Oh vaya, si ese es el caso, probablemente tengas razón, además, aquí en Londres, hay tantos hombres guapos para escoger, seguro muy pronto, encontrarás uno que te robe el aliento.
Ahora fue Alessandra la que rio ante su pícaro tono.
—Estoy de acuerdo contigo en que hay muchos para escoger y quiero pensar que Dios y el destino, tienen algo bueno preparado para mí, no me ha ido bien en el amor—. Primero, en la universidad, salí con un chico, poco tiempo, por cierto, ¿puedes creer que descubrí que salía conmigo y dos chicas más a la vez? O sea, andaba con las tres al mismo tiempo, fue de película, ¡todo un John Tucker! —Y el último, lo conocí en la compañía telefónica para la que trabajé varios años, al comienzo fuimos buenos amigos, nos llevábamos muy bien, incluso, llegué a quererlo mucho, la relación fue hermosa el poco tiempo que duró, desafortunadamente su abuelo materno murió y dejaron un negocio a su cargo, tuvo que mudarse a miles de kilómetros de distancia, a Canadá para ser más precisa. —Nos comunicamos por un tiempo, pero desde luego, ambos sabíamos que no tendríamos una relación a distancia, no teníamos futuro, la probabilidad de vernos era casi nula, así que preferimos dejar todo como estaba y quedar como buenos amigos—. Él conoció a alguien allá y escuché que está prometido y como ves, yo sigo aquí, sola, sin novio y sin conocer a nadie que me interese, digo, tampoco es que me haga falta, sin embargo, a como veo todo, me voy a quedar a vestir santos, si estuviéramos en el siglo XIX, seguramente ya fuera considerara como una vieja solterona—se burló.
—No exageres, Ale, en primer lugar, estamos en el siglo XXI, segundo, en este siglo, puedes casarte a los cuarenta o más, si así lo deseas y tercero, ni siquiera tienes veinticinco, estás joven, eres inteligente y muy bonita, te aseguro que pronto vas a encontrar a la persona ideal, seguro está cerca o quizás todavía no lo conoces, pero de qué hay alguien para ti, lo hay.
—De todos modos, no tengo prisa, si quiere que me busque él, sea quien sea, porque yo, no lo voy a buscar—se encogió de hombros.
Ambas rieron.
La puerta repentinamente se abrió y Alessandra perdió el color cuando lo vio ahí, de pie, ante ellas, tan imponente como siempre. Llevaba toda la mañana rogando a Dios no verlo y en el lugar menos esperado, se lo encontró.
—Señor Lombardo—se levantó sorprendida la pelinegra de su sitio—¿Se le ofrece algo? —preguntó. —Alessandra por inercia, también se puso en pie, pero no lo miró.
—Sé que su hora de almuerzo aún no termina—explicó dando un vistazo a su fino reloj de oro—pero necesito que me ayude con algo importante—agregó con voz impasible, dirigiendo su mirada a la castaña.
—Por supuesto, lo que necesite.
—Acompáñeme—ordenó serio.
Clara salió disparada de la pequeña cafetería, mientras Dominic se quedó unos segundos embelesado observando a la preciosa mujer de hermoso cabello, que tenía ante sus ojos y la que claramente, evitaba mirarlo. ¡Por Dios del cielo!, como le encantaba, se moría por estar cerca de ella, por sentirla, por tocar su piel, era como un imán que lo atraía y lo envolvía cada día más.
La deseaba, maldita sea.
Pasaron unos breves segundos para que Alessandra lo viera darse la vuelta y marcharse sin decirle nada, suspiró aliviada y se sentó pesadamente sobre la silla, se cubrió el rostro con ambas manos, el cuerpo le temblaba, la cara le ardía y el hambre se le quitó por completo, miró el resto de Sushi sobre la mesa e hizo el servicio a un lado, solo terminó de tomarse su refresco, recogió todo, desechó la basura y se acercó a lavado a limpiarse. Debía volver a trabajar.
Se secó las manos y se quedó ahí estática, pensativa, trastornada por el cúmulo de sensaciones que experimentaba. Un aroma conocido impregnó sus fosas nasales de repente y la sensación de una presencia la alertó, iba a girarse para ver si había alguien más dentro, sin embargo, la sorprendieron unas manos que aparecieron de pronto en su campo de visión, había una a cada lado de su cintura, que, si bien no la tocaban, si estaban presionadas sobre la pequeña encimera de mármol. No necesitó voltear para saber de quién se trataba, tragó saliva y lentamente fue girando entre los fuertes brazos que la mantenían aprisionada, sus cuerpos no se tocaban, apenas se rosaban, pero si estaban demasiado cerca, podían percibir la respiración irregular del otro. Sus ojos entraron en contacto con los de él, provocando que se pusiera más nerviosa de lo que ya estaba, esos ojos la tenían perdida, eran fascinantes, todo él lo era, su presencia, su mirada, su porte, su olor.
Él se quedó hipnotizado por el intenso brillo de su verdosa y transparente mirada, tanto así, que se quedó mudo una vez más, el perfume femenino lo embrujó y volvió a tener el impulso loco de besarla, lo que no entendía, es que lo detenía, ¿por qué estaba actuando así? Se quedaron mirando, en silencio absoluto, muy cerquita el uno del otro, Dominic desvió su vista a sus labios entreabiertos y quiso comérselos, poseerlos, aferrarse a ellos y besarlos hasta gastarlos.
—Señorita D'Santi, ¿ha pensado sobre lo que le dije? ¿sobre mi propuesta? —susurró seductoramente y con voz ronca, sin dejar de verle esos carnosos labios.
Esa pregunta fue como un valde de agua fría para Alessandra, esa simple interrogante, la atrajo de vuelta a la realidad, escapó del hechizo de sus azules ojos y también de los brazos que la tenían acorralada, se dirigió a la mesa donde anteriormente estuvo sentada, necesitaba mantearse alejada de él para pensar con claridad.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Impacto italiano