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Impacto italiano romance Capítulo 10

—Señor Lombardo, el señor Vittorio me pidió le trajera estos documentos para firma—anunció Alessandra con incomodidad, viendo al suelo fijamente—. No quería verle a la cara, lo más probable, era que ella tuviera más vergüenza por haberlos interrumpido, que él, por haber estado haciendo algo indebido.

—Déjelos sobre el escritorio— ordenó sofocado, seguramente por la interrupción y aún oculto tras el respaldar de la silla.

—Perdón, pero, el señor Vittorio me pidió que espere por ellos, los necesita con urgencia.

Lo escuchó gruñir y ella se avergonzó más, ¡MIERDA! ¿Por qué no pudo llegar en otro momento? Que bochornoso episodio, sentía el rostro arderle, podría jurar que estaba tan roja como un tomate.

—Dominic, tengo que irme, seguimos hablando en otro momento—escuchó decir con voz sensual a la güera oxigenada. ¡Qué descarada!

—¿Hablando? Ja, si a eso se le llamaba hablar, no quería saber lo que era tener SEXO, a plena luz del día, en plena oficina y sobre un escritorio. —ENFERMOS SEXUALES, eso es lo que eran—se gritó Alessandra interiormente.

—Te llamo más tarde— dijo él, arreglando de forma "casual" su corbata.

La rubia salió de la oficina sin parecer avergonzada, como si lo que hubiese estado haciendo en realidad era "hablar" y no es que ella fuera una anticuada, porque sabía que todas las parejas tenían relaciones íntimas, sin embargo, le parecía un acto de lo más vulgar, hacerlo en un lugar como ese.

¡Era su lugar de trabajo, por Dios!

—Deme un momento, señorita D’Santi— pidió él, mientras se dirigía al baño.

Alessandra se quedó sola durante unos minutos y pronto sus ojos se hallaron observando al desordenado escritorio, no pudo evitar pensar las miles de maneras en que pudieron haber estado haciendo sus cochinadas ahí y no entendía el porqué estaba pensando sobre ello, ya se sentía como una pervertida y enferma ella también, pero, en realidad le molestaba el hecho de que él fuera tan...cretino.

Un carraspeo la distrajo y con pena moral, dirigió su mirada hacia él. Lucía impecable, como siempre, no había rastros del hombre acalorado de minutos atrás, su vestimenta estaba intacta, su rostro pasivo, nada, absolutamente ya nada lo delataba.

¡Que fácil y sencillo era todo para él!

—¿Qué es lo que mi hermano necesita que firme? —inquirió Dominic, analizando a la ruborizada y preciosa mujer que tenía en frente.

—Estos documentos— respondió ella pasándole un portafolios, sin verlo a la cara.

Él los tomó sin dejar de verla a los ojos y dio un paso adelante para quedar más cerca, sin invadir su espacio personal. Al menos no se estaba comportando tan canalla, sería el colmo que después de haber estado con otra, tuviera el descaro de insistirle sobre su propuesta también y menos, si había sido precisamente ella, la que los había "interrumpido" en pleno acto sexual. No era tonto, estaba seguro de que, Alessandra sabía lo que estuvo haciendo con Viviane y por eso tenía ese intenso rubor en su hermoso rostro, le parecía gracioso que estuviera apenada cuando debería de ser él, el avergonzado.

Sin alejarse e hipnotizado por esos ojos que reflejaban pureza, sacó un bolígrafo del bolsillo de su saco y sin leer los documentos, los firmó. Bien podía estar firmando su propia carta de renuncia o sentencia de muerte y no se daba cuenta por estar embelesado mirándola. Jamás una mujer lo atrajo tanto y de esa forma, las mujeres solo despertaban el apetito sexual en él, pero Alessandra, además de eso, lo incitaba a perderse en esos bellos luceros que adornaban su tierno rostro, cada día que pasaba, cada segundo que transcurría, le fascinaba más, le encantaba tanto, que ya ni del pensamiento se la sacaba, su deseo por ella se acrecentaba al límite cuando la veía y era poco el control que le quedaba para no atreverse a besar sus labios, quería besarla, por Dios que sí y que le dijera que quería estar con él, no entendía porque seguía sin darle una maldita respuesta, comenzaba a desesperarse.

—Que hermosa eres, Alessandra—murmuró guiado por el aturdimiento—. Estaba completamente cautivado, Dominic Lombardo, el mujeriego más codiciado, estaba siendo embrujado por una mujer.

Alessandra se quedó sin habla unos segundos y sintió que el corazón le explotó con semejante cumplido, proveniente de un hombre tan guapo y atractivo como él. No pudo evitar mirarlo, la mezcla azul y gris de su iris, la tenía trastornada, la descolocó a tal punto, que, por instantes, olvidó lo cínico que podía ser, no obstante, se recompuso de inmediato.

—Disculpe, pero, no debería decirle estas cosas a otra mujer, cuando su novia acaba de salir por esa puerta, no es algo muy... leal de su parte—le hizo ver.

Dominic sonrió triunfante.

—Es solo impresión mía o, ¿está celosa? —indagó interesado

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