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Inalcanzable: Mi esposa ya no me ama romance Capítulo 28

—¿Hubo algún problema en casa? Para la próxima, si tienes una urgencia, avísame con anticipación para que no te descuenten de la nómina. Esta vez te cubrí pidiendo permiso a Recursos Humanos por ti.

Marcos sonreía tanto que casi cerraba los ojos.

Hizo ademán de irse, pero regresó sobre sus pasos:

—Señorita Vania, por favor, no me lo tome a mal. Si le estuve llamando tanto fue porque me preocupé. Usted ya me conoce, siempre velo por el bienestar de mis compañeros. Si necesita algo, cuente conmigo.

Los labios de Vania se crisparon. *Este hombre sí que sabía cambiar de cara rápido.*

Con su ropa nueva, se sentía mucho más cómoda y ligera.

En serio, no entendía qué tipo de trapos solía usar antes.

Además, todos en la oficina estaban actuando muy extraño ese día.

Parecía que de pronto todos se deshacían en atenciones hacia ella.

Vania no le dio más vueltas al asunto, se sentó en su escritorio y se concentró en su trabajo.

A pesar de que supuestamente había perdido la memoria, fue capaz de lidiar sin problemas con la enorme montaña de trabajo que tenía enfrente.

—Señorita Vania, la junta ya va a empezar —le avisó Marcos amablemente al pasar frente a su oficina, añadiendo un pequeño consejo: —Ten mucho cuidado esta vez, Vanessa ya no está para salvarte.

Eso significaba que no tendría a nadie que le sacara las castañas del fuego.

Vania recordó la última junta en la que Hugo le había pedido el resumen de la reunión.

Esta vez no le habían avisado que debía preparar nada con anticipación.

Armándose de valor, entró a la sala de juntas, dispuesta a simplemente cumplir con su presencia.

Además, no tenía idea de cómo le estaba yendo a su tío, así que planeaba hacerse un espacio para ir a visitar a la familia Zapata.

En la sala de juntas, reinaba un silencio absoluto.

Esta vez sí le habían puesto una silla, justo a la derecha del asiento de Hugo.

Ese hombre, con el que había estado en un ambiente tan acalorado en el auto y el centro comercial...

En la oficina actuaba como si fueran completos desconocidos; ni siquiera la miraba de reojo.

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