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Inalcanzable: Mi esposa ya no me ama romance Capítulo 3

Al día siguiente.

Vania se levantó muy temprano para interrogar a Marta.-

—Ayer la trajeron cargando a la casa. Estuvo inconsciente un rato, pero el doctor dijo que no era nada grave. El señor mandó que le hicieran un chequeo general y resultó ser solo una ligera conmoción cerebral. El doctor jamás mencionó nada sobre amnesia, ¿está segura de que no recuerda nada?

Marta la miraba con abierta desconfianza, sin creer ni una sola palabra de lo que decía.

—¿Cuándo me casé con el señor Yáñez?

Vania estaba sentada en el sofá, visiblemente nerviosa.

En esa casa, sentía que su existencia era completamente nula. Mucho menos sentía que pudiera tener una hija con Hugo.

La sospecha de Marta se hizo más profunda.

—Usted se casó con el señor Yáñez hace cinco años, y la niña Luna ya tiene cuatro añitos.

Vania frunció el ceño con incredulidad. *¿Acaso era una broma de mal gusto?*

¡Si se suponía que hoy era el gran día de la boda de Hugo y Cristina! ¿Cómo era posible que llevara cinco años casada con él?

Se escucharon pasos en la escalera. Hugo bajó con un aire de innegable elegancia, vistiendo una camisa blanca impecable y llevando el saco negro colgado en el brazo.

Vania lo observó con detenimiento. Efectivamente, a diferencia de sus recuerdos de hace cinco años, el hombre frente a ella emanaba ahora un aura indudable de hombre de familia.

Hugo pasó junto a ella con la misma actitud que Vania recordaba del pasado.

Su mirada no se detuvo en ella más de un milisegundo.

Y eso que, en toda la alta sociedad de la capital, la envidiable belleza de Vania ya era una leyenda indiscutible.

—Cuñado... —murmuró ella.

Hugo detuvo sus pasos en seco y giró ligeramente el rostro hacia Vania, como si apenas se diera cuenta de que estaba ahí.

Marta, que lo observaba de reojo, notó de inmediato cómo el rostro de su jefe se ensombrecía de furia.

La empleada se asustó tanto que contuvo la respiración. Hugo apartó la mirada y siguió su camino hacia el comedor.

—¿Mi amor?

Con esa sola palabra de Vania, el miedo de Marta se transformó en pura sorpresa y ganas de reír.

Se le escapó una pequeña carcajada, pero se tapó la boca de inmediato.

Hugo parecía haber llegado al límite de su tolerancia; la línea de su mandíbula estaba tensa al máximo y su ceño fruncido evidenciaba su enojo.

Lo que Marta le estaba ofreciendo era una pastilla anticonceptiva.

Sin entender todavía qué clase de relación enferma tenía con Hugo, Vania tomó la pastilla y se la pasó con agua sin la más mínima vacilación.

Un destello de asombro cruzó por los ojos de Marta.

Normalmente, cuando le entregaba la pastilla, Vania mostraba una expresión de profundo sufrimiento. Hoy, en cambio, se la había tomado con pasmosa naturalidad.

Al ver la hora y notar que Vania no hacía el intento de salir, Marta le advirtió:

—Señora, ya debería ir a dejar a la niña a la escuela.

Vania todavía no se acostumbraba al hecho de tener una hija. En ese momento, Lunita bajó las escaleras con su pequeña mochila y caminó obedientemente hacia ella, tomándola de la mano.

Vania bajó la mirada hacia esa preciosa niña que olía a inocencia; era tan pequeñita y tan absolutamente adorable.

—¿Luna... Yáñez?

La llamó suavemente por su nombre. Lunita parpadeó confundida y negó con la cabeza.

—Te equivocaste, mami. No me llamo Luna Yáñez, soy Luna Zapata. Tú me pusiste ese nombre porque te encantan las lunas y las flores.

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