Vania se quedó mirando a Hugo con una expresión tan serena como el hielo.
Tras observarlo fijamente durante tres segundos, llegó a la conclusión de que el hombre había perdido el juicio.
Estaba completamente loco.
—Me niego. Si no se trata de un error técnico y el problema es simplemente la fuente tipográfica, puede pedirle a cualquiera de sus asistentes que reescriba el archivo. Yo tengo una copia digital; basta con cambiar el formato e imprimirlo de nuevo.
Ignorando por completo su absurda exigencia, apartó un mechón de su cabello y lo acomodó con elegancia detrás de la oreja.
—Además, estaré ocupada en estos días. Grupo Nexo participará en las carreras locales. Si el señor Yáñez considera que hay algún error, tendrá que buscar a otra persona para que se lo resuelva.
Dicho esto, dio media vuelta y abandonó la oficina sin mirar atrás.
Hugo permaneció en su silla, observando cómo se alejaba, sintiendo por primera vez una profunda sensación de impotencia.
Cada pequeño gesto y decisión de Vania despertaban en él una curiosidad inmensa.
Estaba seguro de que alguien la estaba asesorando para que actuara de esa manera tan desafiante.
Le encantaría descubrir quién diablos era el cerebro detrás de todo esto.
Hugo se quedó mirando los informes sobre su escritorio durante un buen rato, hasta que Cristina abrió la puerta y entró.
—¿Vania ya no está?
Había ido a echar un vistazo, ansiosa por saber de qué estaban hablando.
En el fondo, no soportaba la idea de que pasaran tanto tiempo a solas.
Hugo ni siquiera le respondió, pero a Cristina no le importó.
Sabía perfectamente que a él no le interesaba Vania, así que no esperaba una respuesta rápida.
—Xavi me dijo anoche que todos los niños de su escuela van a ir a ver las carreras, y me preguntó si podrías llevarlo. Quería saber si vas a tener algo de tiempo libre.
Los oscuros ojos de Hugo se fijaron en ella. *Carreras locales.*
Vania acababa de mencionarlas.
—Si Xavi quiere ir, por supuesto que lo acompañaré. Tengo mi agenda libre.
El día del evento, el lugar estaba abarrotado de gente y, para colmo, empezó a llover.
Aunque el verano estaba a la vuelta de la esquina, Vania sentía un viento bastante frío.
Lunita había estado insistiendo tanto que no tuvo más remedio que llevarla.
Yago estacionó el auto cerca del muelle, pero no pudo quedarse con ellas.

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