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Inalcanzable: Mi esposa ya no me ama romance Capítulo 332

Y lo peor era que la información ni siquiera había llegado al equipo técnico; se había quedado estancada en la oficina de Hugo.

Cuando él la mandó llamar, Cristina se estaba levantando de su regazo en ese preciso momento.

Ambos mostraban tanta intimidad que actuaban como si Vania ni siquiera estuviera ahí. Paradójicamente, fue Vania quien se sintió incómoda ante la escena.

—Ya los convoqué para la reunión, tú sigue con lo tuyo —dijo Cristina, sin dedicarle una sola mirada a Vania, sonriéndole a Hugo con ternura y coquetería.

Vania curvó los labios en una mueca de fastidio. No se molestó en prestar atención a cómo Cristina se alisaba coquetamente la falda y se acomodaba el tirante del sostén.

*¿Acaso no tuvieron suficiente la noche anterior y ahora no pueden contenerse ni en la oficina?*

Vania conocía de primera mano el apetito de Hugo en esos asuntos.

Sin duda, era como un lobo hambriento.

—Directora Zapata, siéntese —ordenó Hugo con tono neutral.

Vania no movió ni un músculo.

—¿El hecho de que haya rechazado todos mis informes significa que no tiene la menor intención de corregir estas fallas, señor Yáñez?

Dudaba sinceramente que él quisiera llevar a buen término el proyecto.

Si se basaban en los datos que el equipo de Cristina había generado durante los últimos tres meses, más de la mitad del sistema colapsaría al implementarlo.

Y las consecuencias legales de un desastre así no eran para tomárselas a la ligera.

La mirada de Hugo se volvió gélida. La observó fijamente durante medio minuto, como si intentara escudriñar hasta el último de sus pensamientos.

Él llevaba ya un buen tiempo viviendo en la oficina. En todo ese lapso, ella no lo había llamado ni una sola vez. Tampoco había enviado un mensaje de texto.

Incluso le había preguntado sutilmente a Miguel y él confirmó que Vania jamás había preguntado por su paradero.

Durante los últimos cinco años de matrimonio, tres horas de incomunicación habían sido siempre el límite máximo.

Y eso, a pesar de que él le había prohibido estrictamente revelar su relación matrimonial al público.

Si ella no lograba dar con él en ese lapso de tres horas, perdía por completo el control.

Era capaz de lastimarse a sí misma con tal de obligarlo a regresar a casa.

Convirtiendo Villa Ébano en un infierno de tensión constante y, a veces, incluso de tragedia.

Pero esta vez, ya llevaba veinte días durmiendo en la oficina.

Regresaba a Villa Ébano solo de manera esporádica.

*Así que de verdad piensa entregarle su hija a la familia Leal.*

Su rostro se endureció en un instante, y la pequeña chispa de interés paternal que había sentido se apagó de golpe ante la frialdad de Vania.

*No me culpes, fuiste tú quien decidió ser así de cruel.*

—Revisé los documentos que enviaste. No tienen ningún problema técnico —declaró Hugo, adoptando de inmediato su faceta de ejecutivo, borrando cualquier rastro de la pregunta anterior.

Vania sintió cómo la tensión en su pecho disminuía.

No le interesaba en lo más mínimo hablar de su vida personal con él, y mucho menos soportar que mencionara a Lunita.

Lunita era su hija, y de nadie más. No tenía absolutamente nada que ver con él ni con los Yáñez.

—Si no tienen ningún problema, ¿por qué los rechazó, señor Yáñez?

*¿Qué demonios estaba buscando?*

Hugo tamborileó los dedos sobre el escritorio y pronunció cada palabra con lentitud.

—La fuente del texto no es la correcta. Vas a sentarte ahí, en mi computadora, y volverás a redactar todo. Solo cuando el formato sea exacto, ordenaré al equipo que inicie las reparaciones del sistema. Te aviso que las horas extras son inevitables. La oficina es lo suficientemente grande, tiene una suite con baño privado y cama. Si se hace tarde, yo mismo me quedaré a hacerte compañía hasta que termines.

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