Y lo peor era que la información ni siquiera había llegado al equipo técnico; se había quedado estancada en la oficina de Hugo.
Cuando él la mandó llamar, Cristina se estaba levantando de su regazo en ese preciso momento.
Ambos mostraban tanta intimidad que actuaban como si Vania ni siquiera estuviera ahí. Paradójicamente, fue Vania quien se sintió incómoda ante la escena.
—Ya los convoqué para la reunión, tú sigue con lo tuyo —dijo Cristina, sin dedicarle una sola mirada a Vania, sonriéndole a Hugo con ternura y coquetería.
Vania curvó los labios en una mueca de fastidio. No se molestó en prestar atención a cómo Cristina se alisaba coquetamente la falda y se acomodaba el tirante del sostén.
*¿Acaso no tuvieron suficiente la noche anterior y ahora no pueden contenerse ni en la oficina?*
Vania conocía de primera mano el apetito de Hugo en esos asuntos.
Sin duda, era como un lobo hambriento.
—Directora Zapata, siéntese —ordenó Hugo con tono neutral.
Vania no movió ni un músculo.
—¿El hecho de que haya rechazado todos mis informes significa que no tiene la menor intención de corregir estas fallas, señor Yáñez?
Dudaba sinceramente que él quisiera llevar a buen término el proyecto.
Si se basaban en los datos que el equipo de Cristina había generado durante los últimos tres meses, más de la mitad del sistema colapsaría al implementarlo.
Y las consecuencias legales de un desastre así no eran para tomárselas a la ligera.
La mirada de Hugo se volvió gélida. La observó fijamente durante medio minuto, como si intentara escudriñar hasta el último de sus pensamientos.
Él llevaba ya un buen tiempo viviendo en la oficina. En todo ese lapso, ella no lo había llamado ni una sola vez. Tampoco había enviado un mensaje de texto.
Incluso le había preguntado sutilmente a Miguel y él confirmó que Vania jamás había preguntado por su paradero.
Durante los últimos cinco años de matrimonio, tres horas de incomunicación habían sido siempre el límite máximo.
Y eso, a pesar de que él le había prohibido estrictamente revelar su relación matrimonial al público.
Si ella no lograba dar con él en ese lapso de tres horas, perdía por completo el control.
Era capaz de lastimarse a sí misma con tal de obligarlo a regresar a casa.
Convirtiendo Villa Ébano en un infierno de tensión constante y, a veces, incluso de tragedia.
Pero esta vez, ya llevaba veinte días durmiendo en la oficina.
Regresaba a Villa Ébano solo de manera esporádica.

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