—Mamá, lo de Luciano ya fue un dolor de cabeza enorme. Lo de mi papá tendrá que esperar —suspiró Cristina—. Va a tener que quedarse encerrado un par de años, es inevitable. Cuando la gente empiece a olvidar el escándalo, le pediré a Hugo que busque una solución.
Elena dejó escapar un largo suspiro. Cada día que Santiago Figueroa no estaba en casa, era un tormento para ella.
—Está bien, con que lo de Luciano esté resuelto, me doy por bien servida.
Elena se puso de pie, lanzándole una mirada de puro desprecio a Vania en la pantalla.
¿La familia Leal?
—Bah... —resopló, apagando el televisor. Se dio la vuelta para ir a dormir tranquila, pero se detuvo tras dar un par de pasos—. ¿Y qué hay de su puesto en Corporativo Alba?
Cristina bebió el resto de su agua, dejó el vaso sobre la mesa de centro y respondió con absoluta certeza.
—Eso no es ningún problema. Corporativo Alba es de mi niño, por lo tanto, también es mío. En el futuro todo será de Xavier. ¿Qué tienen que ver los demás miembros de la familia Yáñez en esto?
Elena sonrió, satisfecha. Si Vania fuera tan considerada y capaz como Cristina, no tendría que preocuparse por nada.
Al día siguiente, en las oficinas de Grupo Nexo.
Vania y Yago se reunieron para discutir el progreso de la segunda fase de su colaboración.
Yago llegó con malas noticias.
—No pudimos hacerle nada a Luciano Figueroa.
Vania levantó la mirada, sin mostrar asombro.
—¿Obra de Hugo Yáñez?
Yago guardó silencio unos segundos, asintiendo levemente.
—¿Cómo lo hizo? —Vania tenía curiosidad por saber cómo Hugo lograba salvar a los Figueroa una y otra vez.


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