Hugo no dijo nada más.
Cristina se quedó a su lado, en silencio, haciéndole compañía. Le pidió a Vanessa que trajera un par de cafés y, notando su mal humor, se dedicó a ordenar su escritorio con esmero.
Cuando Vanessa salió de la oficina, sus ojos brillaban de envidia al ver la escena.
Cristina sabía perfectamente que Hugo estaba furioso porque Yago se había atrevido a desafiarlo.
Si Vania no hubiera coqueteado con Yago para poner a Hugo a prueba, él jamás habría llegado al extremo de romper relaciones con Nexo solo para darle una lección a ese hombre.
Cristina estaba decidida a recuperar ese contrato millonario, pero también sabía cómo manipular a Hugo. Mientras más se opusiera a algo, más lo apoyaría ella, de lo contrario, levantaría sospechas.
Por ahora, solo le quedaba esperar a que la familia Leal expusiera a Vania frente a todos y la repudiaran públicamente.
Tres días después, llegó el momento del evento.
Siendo parte de la alta sociedad, Cristina, por supuesto, recibió una invitación.
Sostuvo la elegante tarjeta dorada entre sus manos y sonrió con malicia al leer el remitente: Para la señora Yáñez.
Elena y Paola se acercaron a ver de qué se trataba.
—¿Y eso?
—Una invitación al evento de la familia Leal —respondió Cristina, presumiendo.
Ni Elena ni Paola habían sido invitadas.
Paola torció la boca, disimulando su envidia, pero Elena se emocionó.
—La familia Leal tiene mucho peso en la política y los negocios. Si te mandaron una invitación, significa que ya se dieron cuenta de quién es la que vale la pena. Es una lástima que no pudiera ir a esa absurda fiesta de adopción; de haber estado ahí, habría impedido que la reconocieran. Tienen que estar ciegos para acoger a esa malagradecida. ¡Soy su madre y ni siquiera me respeta! ¿De verdad don Zacarías cree que Vania va a cuidar de él en su vejez? Qué chiste. Esta es la oportunidad perfecta. Tienes que hablar con ellos y abrirles los ojos.
Mientras más miraba Elena a su hija Cristina, más orgullo sentía.
Era refinada, educada y había estudiado en el extranjero. Era el orgullo de los Figueroa.
En cambio, a Vania la habían criado con una actitud caprichosa e insoportable. Y para colmo, su escándalo seduciendo al esposo de su hermana había sido la burla de todo el círculo social hace años.


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