—¿Por qué crees que tu nieto se trajo a Vania hasta acá? ¿Acaso no quiere ganarse el corazón de la chica?
Al escuchar esto, don Zacarías pareció interesarse.
—Mjm. Continúa, explícate.
El profesor Zavala rodó los ojos con exageración.
—Viejo tonto, con razón en tu juventud no pudiste conquistar a la señora Yáñez. Los hombres de la familia Leal no tienen tacto para el romance. El hecho de que hayas logrado casarte y que tu hijo también consiguiera esposa ya es un milagro por el que deberías dar gracias. Lo que estoy haciendo es crear la oportunidad perfecta para mi hija de crianza y tu nieto. Solo si tienen tiempo a solas podrán...
El profesor unió sus pulgares en el aire con una sonrisa pícara.
Don Zacarías finalmente lo entendió. Dejó de insultarlo y su rostro se iluminó.
—Tenías que ser tú.
Ambos ancianos juntaron sus cabezas, riéndose encantados con su plan maestro.
Mientras tanto, Vania y Yago no sospechaban absolutamente nada.
Cuando salieron del hotel con Lunita para ir al restaurante, el profesor y don Zacarías ya estaban esperándolos.
Toda la hostilidad anterior había desaparecido; estaban cuchicheando entre ellos como grandes amigos.
Lunita, sosteniendo las manos de Yago y Vania, miró con curiosidad a los dos ancianos frente a ellos y luego levantó la vista hacia su madre.
—Mami, ¿mi abuelito y mi bisabuelo están peleando en voz bajita? No escucho nada de lo que dicen.
A Vania le dio un tic en la comisura de los labios. Tampoco lograba entender cómo habían pasado del odio a ser inseparables tan rápido.
Yago estaba igual de confundido, pero aliviado.
Entre los dos sumaban más de ciento veinte años; si se hubieran peleado de verdad, habría sido un desastre para todos.
En el restaurante del hotel de lujo, los ubicaron en un salón privado.
A través de los ventanales se podía ver el mar azul y una fila de palmeras. Con el atardecer cayendo, el paisaje era simplemente espectacular.
La gran mesa redonda del salón tenía capacidad para diez personas. Poco después de sentarse, la puerta se abrió y entraron dos hombres elegantemente vestidos.
Uno de ellos tenía más o menos la edad de Yago, y el otro rondaba los cuarenta. Al ver a don Zacarías y al profesor Zavala, saludaron con gran entusiasmo.
—Vengan. Vania, permíteme presentarte: él es el director Yépez, de la Agencia Aeroespacial, y el ministro Ximénez, del Ministerio de Asuntos Exteriores.

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