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Inalcanzable: Mi esposa ya no me ama romance Capítulo 47

Recordando las heridas de Vania, Hugo reprimió cualquier pensamiento indecente.

Con esfuerzo, la sostuvo por la nuca y la obligó a beber un poco del té.

—Vania, lárgate a dormir a tu cuarto —gruñó.

Él nunca se había acostumbrado a compartir la cama con nadie.

En sus días en Sudamérica, donde vivía al borde de la navaja y apostaba su vida a diario, había aprendido a no confiar en nadie.

Mucho menos permitiría que alguien durmiera plácidamente a su lado.

Pero la mujer estaba tan mareada que simplemente se desplomó contra su pecho, incapaz de moverse.

Hugo le dio unas suaves palmadas en la mejilla, pero ella ni se inmutó.

Desde que tenía uso de razón, Hugo jamás había consolado ni cuidado de nadie.

Ni nadie lo había cuidado a él.

Incluso con Cristina, siempre fue él quien aportó todo. Como hombre proveedor, su poder y su cuenta bancaria eran suficientes para someter a cualquier mujer, por difícil que fuera.

Cristina, cuando aún era su novia, había sido siempre dócil y sumisa; jamás le dio problemas ni se atrevió a contradecirlo.

Pero Vania era diferente.

Hace cinco años usó trucos sucios para colarse en su cama, y durante todo este tiempo se había asegurado de hacer notar su presencia constantemente.

Lo amaba con una intensidad desesperada, le tenía miedo y respeto.

Hacía dramas, escenas de celos, se humillaba y le rogaba, volviéndolo loco.

Y ahora que se había dado cuenta de que esa estrategia no funcionaba, había decidido cambiar de juego, intentando la táctica de alejarse para atraerlo.

Tenía que admitirlo: últimamente, Vania lo tenía completamente desestabilizado.

—Vania, no importa a qué estés jugando, no te va a funcionar.

Extendió la mano y la sujetó por el cuello, mientras su largo cabello caía como un manto de seda.

Las amenazas de Hugo se desvanecieron al mirar su rostro adormilado y el calor abrasador que volvía a encenderse en su interior.

La cabeza de Vania cayó hacia atrás al sentir la presión en su cuello. Tenía las mejillas sonrosadas y los labios de un rojo tentador.

—Mmm...

Incómoda por la postura, empezó a retorcerse.

Cada uno de sus movimientos lo rozaba peligrosamente, y de no ser porque estaba lastimada, Hugo habría perdido el control allí mismo.

Frustrado, la soltó. Ella cayó pesadamente sobre su regazo. Como sentía frío, empezó a tantear a ciegas, buscando calor, hasta que sus manos encontraron su cálido y musculoso pecho, sintiéndose envuelta en un abrazo cálido.

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