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Inalcanzable: Mi esposa ya no me ama romance Capítulo 48

Hugo arqueó una ceja, con la mirada fija descaradamente en la piel desnuda que las sábanas acababan de revelar. No hizo el más mínimo esfuerzo por apartar los ojos.

Sobresaltada, Vania tiró rápidamente de las cobijas para envolverse firmemente.

—Esta es mi habitación. ¿Por qué crees que estoy aquí?

Hugo apagó el cigarrillo y caminó lentamente hacia la cama.

Vania parpadeó, y el alma le volvió al cuerpo. Por fin recordó la brillante idea de salir a tomar con Natalia la noche anterior.

—Lo siento, me voy a mi cuarto en este instante.

Forzó una sonrisa, pero al ver su propia ropa tirada por todas partes y al darse cuenta de que no llevaba absolutamente nada puesto, palideció.

Dios mío. No me digas que este infeliz se aprovechó de mí otra vez anoche.

¿Otra visita a la doctora Lozano hoy?

Su rostro era un poema de pánico. Hugo ya estaba frente a ella.

Con un movimiento rápido, le arrojó un trozo de papel a la cara.

—¿Qué es esto?

Vania nunca imaginó que él revisaría su bolso. Era el diagnóstico ginecológico.

¿En serio? ¿Este hombre no tiene límites? ¡Qué pervertido, revisando cosas tan privadas!

Justo cuando levantó las sábanas, Vania sintió un ligero aroma a medicina natural. ¿Acaso este enfermo también me aplicó pomada?

En un lugar tan íntimo...

Vania no quiso imaginarlo.

—Hugo, eres un enfermo —soltó, sin poder contenerse.

Por fin lo había dicho.

Hugo estaba furioso. Apretó los dientes, sintiendo que iba a explotar.

—¿Qué acabas de decirme?

Al ver los ojos de Hugo inyectados en sangre, como si fuera a devorarla viva, a Vania se le quitó la valentía y no se atrevió a repetirlo.

Hugo señaló el papel que le acababa de tirar.

—Evaluación psiquiátrica. Tratamiento para esquizofrenia y síndrome del supermacho. ¿Nombre del paciente: Hugo Yáñez?

Vania se estremeció.

No era el reporte ginecológico sobre sus desgarros. Era la receta en broma que la doctora Lozano había hecho furiosa, insinuando que Hugo estaba loco.

Hugo se inclinó hasta rozar su oreja y, de pronto, mordió con fuerza el lóbulo. Vania jadeó de la sorpresa; su cuerpo entero temblaba como una hoja en medio de una tormenta, haciendo vibrar la cama entera.

A pesar de eso, Hugo no la soltó.

Incluso deslizó la mano de ella hacia su vientre, obligándola a desabrochar la hebilla de su cinturón.

—Señor... señor Yáñez, por favor, no haga esto.

El dolor de aquel día en el auto seguía fresco en su memoria.

Este hombre es insaciable.

—Llámame Hugo, o mejor... —su voz era puro veneno seductor— esposo.

Hugo guio la mano de ella a lo largo de sus definidos abdominales, bajando lentamente. Vania estaba tan asustada que cerró los ojos con fuerza, mientras Hugo le advertía al oído:

—Ni se te ocurra cerrar los ojos, o te ato a esta cama y no sales de aquí en tres meses.

Vania se quedó petrificada y abrió los ojos de par en par.

Aterrorizada, solo se atrevió a mirarlo del cuello para arriba.

Hugo sonrió con malicia, su voz cargada de un magnetismo peligroso.

—¿Te gusta lo que tocas, señora Yáñez?

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