—¿...?
Vania esperaba una respuesta de la mujer frente a ella, mientras Cherry la observaba fijamente.
Después de un largo silencio, Cherry habló con un tono que dejaba ver su profunda decepción y exasperación.
—Señorita Zapata, el dinero no se transfirió a su cuenta.
Vania la miró sorprendida.
—¿El dinero no es mío?
Cherry suspiró con evidente impaciencia.
—Es suyo, pero durante todos estos años me ha pedido que lo transfiera a la cuenta bancaria de Cristina Figueroa. ¿Acaso hice algo mal?
¿Hice algo mal? Esas mismas palabras se las había repetido a Vania durante los últimos cinco años.
Cada vez le hacía la misma pregunta.
Cherry no soportaba la estupidez, pero el sueldo que Vania le pagaba como su administradora de patrimonio privado era demasiado alto. Aún así, cada vez que veía a su jefa con esa cara de esposa amargada y llena de resentimiento, temía que al segundo siguiente se tirara por un balcón frente a ella.
—¿Mi dinero... se lo transferiste a Cristina Figueroa?
Vania estaba estupefacta.
—Sí, la transferencia se hizo ayer. Treinta millones sin faltar un centavo. Ahora todo está en la cuenta de Cristina.
La mano de Cherry, que sostenía la taza de café, se detuvo en el aire. Por primera vez, vio en los ojos de Vania una furia que nunca antes había estado allí.
Vania agarró su bolso de inmediato y se bebió su café de un solo trago.
Miró a Cherry, ardiendo de rabia.
—Tú te llamas Cherry, ¿verdad? Estás despedida.
Un poco de café se derramó de la taza de Cherry mientras miraba a Vania con incredulidad.
¿Acaso estas eran las palabras de la jefa cobarde y arrastrada que durante cinco años había despreciado pero de la que no podía separarse?

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