Vania volvió a sentarse frente a Cherry.
Sin muchas esperanzas, Cherry sacó todos los recibos electrónicos de esos años y se los mostró.
—Señorita Zapata, aquí está todo.
Vania revisó los documentos uno por uno, guiándose por los cuadros de Cherry.
Esta administradora manejaba a su nombre una galería de arte, dos empresas inmobiliarias y una financiera.
Según los datos de Cherry, actualmente la galería y las tres empresas tenían un valor de mercado de trescientos millones.
Y la cantidad total transferida a la cuenta de Cristina Figueroa en los últimos cinco años era de...
—¿Cuatro mil millones?
Vania casi voltea la mesa.
Le temblaban las manos.
Cherry se cruzó de brazos, mirándola con frialdad.
—Señorita Zapata, si yo no la hubiera convencido de seguir expandiéndose, y de invertir la mitad de lo que ganaba su galería en las empresas inmobiliarias y financieras, hoy la cuenta de Cristina tendría el doble, y usted apenas tendría veinte millones con esa galería.
A Vania le castañeteaban los dientes; estaba temblando de rabia.
—¿Quién demonios hizo esto?
¿Por qué? ¿Por qué todo el dinero que había ganado con tanto esfuerzo terminaba siendo de Cristina?
Cherry reprimió el impulso de marcharse y se frotó la sien.
—Fueron sus órdenes.
—¿P... por qué?
¿Por qué le estaría dando dinero a Cristina? ¿Acaso Cristina la había visto cometer un asesinato y la estaba chantajeando?
Cherry realmente no quería recordar las veces que Vania había llorado amargamente frente a ella, pero no tuvo más remedio que decirlo.
—Al parecer, fue por su esposo. No voy a mencionar el nombre de su marido; usted sabe perfectamente quién es.
Por supuesto que Cherry sabía quién era. Aunque otros no creyeran que Vania se había casado con Hugo Yáñez, el heredero más importante de la élite, Cherry sí lo creía.
Solo un hombre como él podría convertir a una mujer tan brillante y con tanto talento comercial como Vania en una idiota total por amor.
Vania levantó la mano y se dio una bofetada a sí misma.
Cherry se puso en alerta de inmediato.
Incluso empezó a teclear el número de emergencias en su teléfono por si acaso necesitaba llamar a la policía.
—¿Se pueden recuperar esos cuatro mil millones?
—¿...?
Cherry negó con la cabeza.
—No hay forma. No soy abogada, y usted lo hizo por voluntad propia. A menos que...
Vania agarró las manos de Cherry con desesperación.
—¿Tienes una solución?
Tenía que recuperar ese dinero. Esos cuatro mil millones debían volver a ella.

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