Pamela quería casarse con Joaquín como si se le fuera la vida en eso.
Pero no era nada más de querer.
Pensó en cómo Joaquín trataba a Kiara y cómo la trataba a ella: el contraste era brutal.
Entre la desesperación y el coraje, Pamela estaba al borde.
Los celos la estaban consumiendo.
—Ay, señorita Pamela, ¿otra vez se le olvidó lo que le dije la vez pasada? —Lucía bajó la voz—. Tiene que entrarle por otro lado. Usted es buena, y la familia Ibarra la educó como una señorita de primera; con cosas sucias, usted no le va a ganar a esa pueblerina. Si quiere recuperar al señor Carrasco, ir a lucirse frente a él no sirve.
Lucía torció la boca, con desprecio.
—¿Sabe cómo logró esa pueblerina que el señor Carrasco la trajera a la casa? Me puse a preguntar y… para meterse a la familia Carrasco, anda quedando bien con la gente de allá. La señorita Carrasco tiene problemas del corazón y aun así la jaló a hacer carreras. Y así se lo llevó también a él.
Pamela dejó de llorar de golpe, con los ojos abiertos.
—¿Ella… llevó a Eloísa a correr carreras?
—¿Pues qué cree? —Lucía le puso las manos en los hombros para que la mirara—. Mire qué colmillo y qué descaro. Se aventó esa jugada y con eso consiguió que el señor Carrasco la trajera.
Pamela apretó los dedos, con la mirada inquieta.
—Con Eloísa… no puedo. Entonces tengo que moverme por Don Fernando.
De toda la familia Carrasco, el único que podía ponerle un alto a Joaquín era el patriarca, Fernando Carrasco.
Si Fernando se ponía de su lado…
¡Joaquín tendría que casarse con ella!
Y una vez dentro de la familia Carrasco, ya tendría de sobra cómo amarrarlo.
Lucía vio que por fin lo entendió y le dio una palmada suave en el hombro, con un tono más serio.

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