Pamela se mordió el labio, mostrando una expresión de profunda injusticia combinada con una valentía estoica:
—A fin de cuentas, para Kiara, yo... solo soy una extraña en esta familia. Ella cree que le robé a sus padres y a sus abuelos, por eso siempre me ha guardado rencor.
—Y-yo solo tenía miedo de que, siendo su primera vez en un país ajeno, se aprovecharan de ella o la estafaran...
Añadió, vendiendo a la perfección el papel de la pobre chica maltratada por Kiara en la familia Ibarra.
Fabián apartó la vista del horizonte y miró a Pamela, notando sus ojos enrojecidos y su semblante afligido.
Le dijo con un tono amable:
—Señorita Pamela, no tiene por qué compararse con ella. Usted creció bajo la tutela de los señores, es natural que la tengan en alta estima. Pierda cuidado, mientras esté aquí, nadie se atreverá a humillarla.
—Señorita Pamela, está haciendo mucho viento. Le ruego que suba al auto. En cuanto estemos con los señores, yo mismo les relataré el comportamiento de la señorita Valdez.
Pamela hizo una última mueca intentando buscar alguna excusa falsa para defender a Kiara.
Pero al final asintió con obediencia, como si hubiera cedido a la sensatez del mayordomo.
Una vez en el auto.
Se dedicó a observar las exóticas calles pasar, riendo internamente con desprecio.
¿Qué importaba si Kiara era la famosa Queen?
¿Qué importaba si los Ibarra la adoraban?
¡Del lado de los abuelos, Kiara no era absolutamente nadie!
Una idea siniestra brotó en su mente:
*¡Qué maravilla sería que Kiara tuviera algún accidente sola, en este país lejano!*
Por otro lado, el Bugatti Veyron azul se abría paso por las calles foráneas.
En la parte delantera, el guardaespaldas con gafas de sol desde el asiento del copiloto le entregó un maletín, informando con total respeto:
—Señora Muerte, la líder Escorpión reporta que todo está preparado de su lado. Nos dirigimos en este momento hacia el Club de Subastas El Dorado.
Kiara tomó el maletín.
El panel divisorio del auto se cerró, aislando la parte trasera.

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