Nicolás, al escuchar el nombre de “Milagros”, miró la lonchera de Pamela y luego a Yolanda.
Al final, Yolanda también era señorita de la segunda rama. Nicolás asintió.
—Entonces les pido que pasen a la salita. Aquí tenemos que reorganizar todo.
Si podían quedarse, había chance de darle la vuelta, así que Yolanda no tuvo problema.
Pamela se alegró y asintió, obediente.
Mientras pudiera quedarse en la casa Carrasco, todavía había oportunidad.
***
Mansión Ibarra.
Kiara apenas bajó las escaleras cuando escuchó risas en la sala.
Al levantar la vista,
ahí estaba Joaquín, sentado en el sillón, platicando con Regino y Vanesa.
Se veía relajado, pero con clase. Hablaba con educación y con medida: ni se pasaba de servil por Kiara, ni dejaba de mostrar respeto a los mayores y de dejar claro lo importante que era Kiara para él.
Tenía a Regino y a Vanesa felices, muertos de risa.
Casi como si ya se les hubiera olvidado que ese hombre venía con toda la intención de “robarse” a su tesoro.
—¿Ya despertó Kiki? —Vanesa sonrió y se levantó—. Ven a desayunar. Quino te ha estado esperando.
Kiara miró el reloj de pared mientras se acercaba.
—Quedamos a las diez.
Y apenas eran las ocho y media.
Joaquín levantó un poco la cabeza. En esa cara fría y bonita se le dibujó una sonrisa cálida; hasta los ojos se le suavizaron.
—Un día sin verte se siente eterno… Desde anoche a ahorita, para mí ya pasó muchísimo.
—Y poder platicar un rato con Don Regino y con tu mamá es un honor.
Lo decía como si nada, sin tantita pena.
Vanesa volvió a reír.


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