—No fue nada —Kiara sonrió—. Don Fernando, no tiene por qué agradecérmelo.
Mientras hablaba, le extendió la mano a Joaquín.
No hizo falta decir nada.
Joaquín le pasó la mochila de lona que traía al hombro, con total naturalidad.
Kiara la tomó, la abrió y sacó un frasquito de cerámica sencillo, sin adornos.
—Don Fernando —se lo ofreció—. Es un detalle por ser la primera vez que vengo.
—Son pastillas que preparé yo misma. Una al día, se la traga con agua. Ayuda a fortalecer el cuerpo.
La voz de la chica era calmada, medida, agradable de escuchar.
A Fernando se le iluminaron los ojos. Tomó el frasco, feliz.
—¡Caray! ¿Kiarita también prepara medicinas? No, pues sí traes un don tremendo. Esto sí es bueno. A mí me gusta más que cualquier joya. Gracias, de veras.
Kiara sonrió.
—Me da gusto que le agrade. Después, según cómo salga su pulso, puedo ajustarle una fórmula más adecuada para usted.
Fernando se emocionó todavía más y asintió una y otra vez. Con curiosidad, destapó con cuidado el frasco y lo acercó para oler.
Un aroma herbal limpio y fresco le llenó la nariz.
Con solo olerlo, sintió la cabeza más despejada, como si se le hubiera levantado la neblina.


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