El chofer abrió la puerta.
Y cuando vieron quién bajó… la familia Zúñiga se quedó sin aliento.
Eran Camilo y Vanesa Ibarra, el matrimonio de la familia Ibarra, los más ricos de Clarosol.
Luego, ambos se colocaron a los lados de la puerta.
Del interior se extendió una plataforma elevadora.
Regino bajó en silla de ruedas, descendiendo lentamente.
Detrás venía Álvaro, el nieto mayor y heredero de la familia Ibarra, empujando la silla.
En cuanto aparecieron, se robaron todas las miradas.
Era el peso y la autoridad de una familia de verdad, de esas que traen historia encima.
—La familia Ibarra… ¡la familia Ibarra, los más ricos de Clarosol! —Tristán temblaba de la emoción—. Estamos en la misma fiesta que ellos…
La vez pasada, cuando fueron a La Cúpula Dorada a esperarlos y suplicarles para que siguieran cooperando con la familia Zúñiga…
Traían la cabeza metida en recuperar contratos.
Ni tiempo tuvieron de quedar bien con los Ibarra.
Y ahora…
¡Tenía otra oportunidad de verlos, y encima en el mismo evento!
Antes, ni se lo habría imaginado.
—¡Nos cayó del cielo! ¡Nos cayó del cielo! —la voz de Tristán temblaba—. Cata, de veras eres nuestra buena estrella. ¡Nos los encontramos aquí! Vamos, hay que saludarlos. En La Cúpula Dorada ni saludamos bien.
Además, era obvio que los Ibarra todavía los ubicaban.
Seguro hubo algún malentendido.
Era la oportunidad perfecta para aclararlo.
Mientras hablaba, notó que del lado de los Ibarra parecían estar mirando hacia ellos.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Indomable: No soy la chica que echaste