No sabía por qué.
En ese momento, Rex pensó en la mujer con el vestido negro de corte sirena que había visto en la entrada.
Aunque no había podido verle bien el rostro, su imagen apareció en su mente sin motivo aparente.
Hacía mucho tiempo que nadie se atrevía a provocarlo tan abiertamente.
A su lado, los hombres que lo acompañaban seguían bromeando con él.
Él soltó una carcajada seca, presionó el botón de la consola de subastas y, con una voz profunda y cargada de burla, anunció:
—Quinientos millones.
Kiara ni siquiera se inmutó:
—Ochocientos millones.
Por el auricular, se escuchó la voz alarmada del anciano líder de la Liga Espectro:
—¡Señora Muerte! ¡Solo tenemos trescientos millones! Aunque este chip es vital para la Liga, pagar ochocientos millones es una locura.
Kiara curvó los labios en una sonrisa leve. Su tono era perezoso y sin emociones:
—¿Quién dijo que voy a comprar el chip?
El anciano se quedó perplejo:
—Entonces, ¿qué estás...?
—¡No hagas tantas preguntas sobre los planes de Mi Muerte adorada! —La voz de Escorpión resonó con un entusiasmo innegable—. ¿Acaso crees que Mi Muerte adorada es de las que se dejan estafar?
Como era de esperar, en ese preciso instante, desde el palco central se escuchó una nueva oferta:
—Mil millones.
¡¿Mil millones?!
Todos los presentes contuvieron el aliento.
¡Pagar mil millones de dólares por un solo chip era un absoluto disparate!
Todos esperaban que la mujer del otro palco subiera la apuesta, continuando con aquella batalla de titanes.
Rex, con absoluta tranquilidad, arqueó una ceja, esperando la respuesta de su misteriosa contrincante.
Pero el palco de la mujer se sumió en un profundo silencio.
—¡Mil millones a la una! ¡Mil millones a las dos! ¡Mil millones a las tres! ¡Vendido!
El subastador dio el golpe con el mazo, temblando de la emoción.
Rex sonrió con ironía y levantó su copa de vino en dirección al palco de la mujer, en un brindis silencioso.
*¿Competir conmigo? Pobre ilusa.*

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