Solo de pensarlo, Escorpión se emocionaba.
Se frotó las manos con avaricia:
—¡Déjame esta maravillosa tarea de asustarlos a mí! ¡Te aseguro que lo haré a la perfección!
Kiara miró el inconfundible cabello rojo de su amiga.
—Cúbrete un poco. No dejes que ese hombre descubra que somos nosotras las que lo robamos.
Escorpión se acarició el cabello con arrogancia:
—Tranquila. Después de tantos años, nadie sabe que la sublíder de la Liga Espectro es un monstruo pelirrojo.
Kiara se quedó en silencio por un momento.
Un monstruo pelirrojo...
¿Quién diablos usaba esos términos para describirse a sí misma?
—Iré primero a ver a mis abuelos. Ten mucho cuidado y no te pases de lista —le advirtió Kiara. Tenía la corazonada de que ese tal Rex no era alguien con quien se pudiera jugar fácilmente.
Si se volvían a encontrar, Escorpión podría terminar mal.
Tras darle un par de advertencias más, Kiara salió del callejón.
Un grupo de guardaespaldas vestidos de negro, fuertemente armados y apresurados, pasó justo a su lado.
Algunos de ellos notaron el hermoso y deslumbrante rostro de la joven extranjera, pero desviaron la mirada enseguida.
A simple vista, solo parecía una estudiante de intercambio de Solarenia, de apenas unos veinte años.
Kiara caminó entre la multitud con expresión serena y pasos relajados. Siguiendo la dirección que Vanesa le había dado, tomó un taxi hacia el exclusivo sanatorio donde estaban sus abuelos.
En ese lugar de lujo, no se permitía la entrada de vehículos no autorizados.
El taxi la dejó en una zona comercial a un kilómetro de distancia.
Esa calle reunía a las marcas más prestigiosas del mundo.
—Es una mujer asiática, mira su aspecto... ¿Y si tiene alguna enfermedad extraña?
—Yo no la voy a tocar, ¿qué tal si es algo contagioso?
—Es de Solarenia. Hay muchos de ellos por aquí, que la salve alguien de su país, no es nuestro problema.
Los transeúntes de Aquilinia comentaban la escena con absoluta frialdad.
Ninguno se atrevía a dar un paso para socorrerla.
Al escuchar la palabra Solarenia, Kiara detuvo sus pasos y giró la cabeza.
A través de la multitud, logró ver a una anciana bien vestida y de aspecto elegante en el suelo, llevándose la mano al pecho, retorciéndose de dolor.
Tenía el rostro morado, los labios oscuros y su respiración era angustiosa y entrecortada.
¡Era un ataque cardíaco agudo!

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