“Rafael”
La miré sobre mi escritorio de trabajo, y la imagen era aún más linda en persona de lo que me había imaginado. Esa mujer no tenía idea del poder que ejercía sobre mí. Vi el momento exacto en que soltó su indecisión para agarrarme, y eso era justo lo que yo quería: que se decidiera a tomarme de una buena vez. Volví a besarla, desesperado por cada centímetro de ella, por cada suspiro y gemido, loco por ver esos ojos rasgados en blanco por el placer.
—Mi loquita hermosa, voy a besarte todita. —Empecé por su cara, su oreja, su cuello y pasé bastante tiempo en sus pechos, besándolos, chupándolos, lamiéndolos y apretándolos entre mis dedos. ¡Ay, eran deliciosos!
Seguí besando todo su cuerpo, bajando por su vientre, el costado de su cadera, su muslo, hasta la punta de su pie, que apoyé en mi pecho. Tenía pies hermosos, delicados, con las uñas pintadas de blanco. Pasé la mano por él y tomé el otro, dándole la misma atención, hasta que subí con besos por su otra pierna y me perdí en su coño que imploraba atención. Y ella tenía toda mi atención, toda la atención que pude darle hasta que llegó al orgasmo contorsionándose y yo disfruté cada segundo de eso.
—¡Qué delicia, loca, estás buenísima! ¿Sabes qué voy a hacer contigo ahora? —Me levanté, pasando mis manos con firmeza sobre su cuerpo. Ella sacudió la cabeza, los ojos aún turbios por el placer que le había dado. —¡Voy a darte vuelta, ricura! Dime que me deseas, Hana, tanto como yo.
—Te deseo, Rafael, te quiero a ti, te quiero mucho, tanto que no lo puedo evitar. No sé cómo, pero me haces ignorar el miedo, aunque sigue dentro de mí. —Tenía las manos agarradas a mis brazos.
—No tienes por qué tener miedo, mi flor, entiéndelo, no voy a lastimarte, ¡nunca! —Le acaricié la cara y ella cerró los ojos por un breve momento.
—¡Hazme creer! —Me pidió, y había más que deseo en su voz, había una necesidad real de creer en mis palabras, y yo sabía por qué, sabía que ya le resultaba muy difícil mantenerse alejada, igual que a mí.
Me quité los pantalones rápidamente, mis ojos fijos en los de ella para sostener mis palabras, tratando de disipar cualquier duda que pudiera tener. Puse sus delicados pies en mi pecho otra vez y la acerqué al borde de la mesa, pero ya estaba tan desesperado por ella que no podía esperar más. Y así, sin romper nuestro contacto visual, ya estaba dentro de ella, perdido por un momento, como si estuviera tomando aliento.
—¿Cómo puedes tenerle miedo a esto? Es demasiado bueno para tener miedo. —Le susurré y comencé a moverme sin piedad, haciéndola subir y bajar sobre la lisa superficie de la mesa con cada penetración.
Ella gemía contra mi piel mientras me besaba por todas partes y sus manos me apretaban de una manera que me ponía aún más cachondo. Esta mujer era como una fiebre que me consumía hasta agotarme y parecía no ceder. Estaba decidido a que olvidara por completo esa historia del miedo. Le daría el máximo placer que pudiera, y fue con ese propósito que me controlé y le arranqué otro orgasmo. Era delicioso escuchar sus gemidos de placer, ver sus ojos apretarse, la cabeza echándose hacia atrás lo más que podía, sentir sus uñas hundiéndose en mi piel, como si me marcara como suyo. Y yo ya era de ella.
Le di la vuelta sobre la mesa sin dejar que siquiera tomara aliento, y la penetré otra vez, sujeté sus manos por encima de su cabeza y besé su rostro, mientras nuestros cuerpos se encontraban en esa necesidad urgente.
—¡Ya no puedo estar sin ti, mi flor! ¿No te das cuenta de lo que me has hecho? Olvida ese miedo, quédate de una vez por todas. —Le estaba suplicando que nos diera una oportunidad.
—¿Y si tú... —No la dejé hablar, cubrí su boca con un beso e impedí sus palabras, sabía lo que iba a decir.
Tanta insistencia en esa idea de que yo podría lastimarla... preferiría morirme antes que causarle dolor. Pero yo sabía que su miedo tenía una razón, no podía minimizar lo que había sufrido. Pero yo derribaría cada una de sus barreras, cada argumento, cada duda, hasta tener su completa confianza, igual que tenía su cuerpo estremeciéndose por mí. Y cuando sentí que su orgasmo llegaba otra vez, aceleré mis movimientos y me dejé llevar por ella.
—La única cosa que voy a hacer contigo es esto, mi flor, adorarte, llevarte al límite del placer, darte las mejores sensaciones que tu cuerpo puede sentir. Nunca voy a causarte dolor. —Le diría esto tantas veces como fuera necesario.
Y mientras estábamos jadeando allí, agarrados, mientras ella aún no quería huir de mí de nuevo, la levanté en brazos y la llevé al sofá. Le quité el vestido y la abracé contra mi pecho, acariciando suavemente su cuerpo. Pasamos un tiempo en silencio, solo escuchando nuestra respiración. Tenía una mano en mi pecho, los ojos cerrados, el pelo revuelto y el labial corrido.
—Mi flor. —La llamé y ella abrió los ojos. —Quiero llevarte a mi casa.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Jefe Irresistible: Rendida a su Pasión (de Maria Anita)
No se puede continuar la historia después de cap 284 ,Marca error y compré monedas,intente con otras historias y si se pueden desbloquear pero esta no,ojalá arreglen eso por que ya que regresa a lectura gratis,va con otra historia de personajes que no conocemos,nunca se sabe qué pasó con Heitor y Samantha al final....