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Jefe Irresistible: Rendida a su Pasión (de Maria Anita) romance Capítulo 1184

“Rafael”

Hana era demasiado hermosa para esconderse detrás de esas ropas horribles que su mamá le compraba, y si de mí dependía, nunca más volvería a ocultarse. Después de la pequeña limpieza que hicimos, le di espacio para que se arreglara como quisiera, aunque estaba seguro de que se pondría un vestidito corto; vi algunos muy lindos en su clóset y estaba ansioso por verla usar cada uno.

Pero su atrevimiento me sorprendió de nuevo: otra vez estaba sin calzoncitos, y solo podía pensar en lo mucho que quise cogerla en la escalera que daba a mi oficina en el bar. Esta mujer me estaba volviendo loco por ella y me estaba gustando muchísimo. Se estaba revelando y yo estaba fascinado por la mujer audaz y decidida que ella escondía. No pude evitar pensar que me estaba preparando alguna sorpresita más esta noche.

Me estacioné enfrente del bar, todavía era temprano y el movimiento era flojo aún. Tomé a Hana de la mano y me encontré a mi jefe de seguridad en la puerta. Lo miré esperando alguna gracia, pero él solo sonrió y asintió con la cabeza, como si me estuviera felicitando.

—Ya sabes qué hacer cuando esté en el salón —le advertí, y Hana me miró con los ojos entrecerrados.

—¿Qué tiene que hacer? —me preguntó, y el jefe de seguridad escondió la risa.

—Cuidarte, no dejar que ningún graciosito toque a mi chica, para que puedas bailar a tus anchas, mi flor —le respondí, y ella sonrió un poquito.

—¡Lo sabía! Por eso los gatitos no se me acercaron ese día —se quejó, intentando fingir irritación.

—¿Para qué engañarse, mi flor? Tú no quieres un gatito, ¡a ti te gusta tu león! —Le pasé el pulgar por el rostro y la besé, mientras los guardias se caían de risa y me animaban con un "¡eso es, jefe!".

—Puede quedarse tranquilo, jefe, vamos a estar pendientes de su chaparrita —prometió el Jefe de seguridad y le sonrió a ella.

—Yo no soy de él —se quejó ella, y yo chasqueé la lengua.

—¡Pero qué terca, viste! ¡Deja de negar lo obvio, mi flor! Ya todo el mundo sabe que eres mía, solo mía —Le di otro beso y la jalé para entrar.

—¡No soy tuya, psicópata! Nos estamos divirtiendo y conociendo, pero no soy tuya —Ella seguía renuente y yo me reí.

Ni ella se lo creía. Era mía sí, y sería mía para siempre. La acorralé contra la pared oscura del pasillo que llegaba a la escalera que iba hacia la oficina y la besé, un beso que quitaba el aliento, casi indecente y casi como si estuviera a punto de arrancarle la ropa.

—Pon atención, mi loquita. Si es necesario, te cojo aquí mismo, con la faldita de ese vestido enrollada en tu cadera y tus piernas alrededor de mi cintura, solo para probarte que eres mía, ¡toda mía! Así que no me sigas provocando, a menos que quieras eso —la amenacé. Estaba loco por que ella siguiera negándolo, porque estaba loco por perderme en su cuerpo una vez más.

La miré a los ojos esperando una respuestita inteligente, pero se quedó callada, así que la besé de nuevo y la llevé a mi oficina. Había recibido un mensaje del equipo del bar y tenía asuntos que resolver allí, lo que haría rapidísimo para poder volver con mi loquita lo antes posible.

—Necesito resolver unas cosas, ponte cómoda, si quieres puedes ir a bailar —le sugerí, y ella asintió, pero se acercó al cristal y se quedó mirando el salón—. ¿Quieres tomar algo? —le pregunté, y ella negó con la cabeza, parecía estar recordando la noche que pasamos allí en esa oficina y que ahora me impedía concentrarme en el trabajo cuando estaba aquí, porque solo podía pensar en ella.

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