"Lenon"
Me miré en el espejo y después miré a Mara, sinceramente aquello era aterrador. Ella parecía una prostituta y yo parecía un loco que secuestraba niñitos. ¡Mierda! Pero éramos exactamente eso, solo que yo pensaba que podríamos estar disimulados.
—¡Qué mierda, Mara! ¿Dónde conseguiste esa gorra con esa peluca extraña cosida? —pregunté sintiendo asco de mirarme en el espejo, con la cara cubierta por un revoque que quedó peor que los moretones.
—¡Una lindura, ¿no?! ¡Más aún con esa hélice ahí arriba! En cuanto la vi pensé que era tu cara. —se rio Mara.
—Solo puedes haber ido a comprar a la tienda de segunda mano de la suegra del diablo, no hay otra explicación. ¡Mira ese vestido! Eso ni siquiera es un vestido, es una toalla de cara amarrada con cordón de tenis a los lados.
—¡No finjas, Lenon! Estoy buenísima en este vestido y tú estás que te mueres de ganas de volver a probar este cuerpecito. —dio una vueltita moviéndose toda.
—Ay, Mara, ¡no te creas tanto! Eres de esas que no tienen nada de más, nada adelante, nada atrás y cintura cero. Tal vez sea esa tu falta de abundancia lo que hace que la gente piense que eres una niñita.
—¡Estúpido! —Mara me dio una cachetada y salió de la habitación.
Fui detrás de ella riéndome y tomé las llaves del auto, pero ella me estaba extendiendo un palo largo con un montón de algodón de azúcar.
—¿Qué mierda es esto? —la miré sin entender y ella se rio.
—Es el resto de tu disfraz, vas a vender algodón de azúcar a los niños en la puerta de la escuela. —soltó una carcajada.
—¡No voy a hacer eso!
—¡Ah, sí que lo harás! ¿Y sabes en quién me inspiré? En la putita de Giovana, aquella que dejaste escapar. Cuando la conocí tenía un olor tan bueno a algodón de azúcar. Claro que hice que la idiota cambiara de perfume y empezara a usar uno horrible. —Mara soltó una carcajada que mostraba bien la bruja que era.
—¿Sabes qué pienso, Mara? Pienso que te mueres de envidia de Giovana. Sí, porque esa chica es una cosa hermosa. Carita perfecta y el cuerpo es una cosa de locos, con todas las curvas en su lugar, cinturita fina, trasero respingado y esos...
—¡Ah, cállate, depravado! ¡Esa putita me las va a pagar! Voy a tener el placer de joder su vidita de princesa. —habló Mara más a la nada que a mí y yo la conocía bien, sabía que se moría de envidia de Giovana. —¡Anda, agarra esto! ¡Vas a hacer lo que tienes que hacer y punto!
Agarré el palo de algodón de azúcar medio contrariado, pero eran las órdenes de Gregorio y era para vengar a Frederico, me gustara o no eran mi familia. Fuimos a la puerta de la escuela de la niñita. Detuve el auto en la cuadra de atrás para que Mara bajara y después estacioné en la esquina de la escuela, salí y fui al portón con el palo de algodón de azúcar. Fui hasta el otro lado, pasando justo enfrente del guardaespaldas, que estaba de traje y lentes oscuros, recargado en el auto.
—Llevo algodón de azúcar... algodoncito dulce... ¿quiere un algodón de azúcar, jefe? —le pregunté al guardaespaldas de la niña, que estaba cerca del auto estacionado junto a la acera y él negó con la cabeza.
Seguí hasta la otra esquina, gritando y analizando todo alrededor. En el momento en que se abrieron los portones estaba caminando de regreso, observando a los mini demonios salir corriendo y gritando hacia sus padres. Un niño de unos doce años se acercó a mí.
—¡Señor, quiero uno verde! —pidió y lo miré hacia abajo irritado.
—¡Lárgate de aquí, mocoso fastidioso! —empujé al niño a un lado. Pero enseguida vino otra niña, aún más pequeña, gritando y saltando.
—¡Quiero blanco como la nube, blanco como la nube! —pedía la niña y simplemente pasé de largo.
Entonces vi a la primita de Hana saliendo. Esta vez estaba sola, en todos los otros días que vigilamos siempre estaba con una amiguita, iba a ser mucho más fácil, parecía que la suerte estaba de nuestro lado. Hasta olvidé mi irritación.
La piruja de Mara ya estaba distrayendo al guardaespaldas, de algún modo logró hacer que se agachara para ayudarla a buscar cualquier cosa en el suelo y ella prácticamente le puso los pechos, que apenas tenía, en la cara.
—¿Algodoncito dulce, niñita? —me acerqué a la prima de Hana antes de que llegara al guardaespaldas.
—Él no te mata, ¡pero yo te doy un correctivo, fastidiosa! —Mara levantó la mano para pegarle a la niña, pero recibió una patada en la espinilla y un escupitajo en la cara. —¡Aaaayyy... pequeño demonio!
—Anda, monstruito, ven. —sujeté a la niña por el cabello, que estaba amarrado en una cola y ella dio un grito muy alto, agudo y largo, aquello era como cuchillas en los oídos.
—¿Pero qué mierda está pasando aquí? —Gregorio salió irritado de la oficina.
Me volteé hacia Gregorio para explicar y fue en ese momento que el monstruito me dio otra mordida en el brazo, una que sacó sangre, haciéndome soltarla y ella corrió hacia la puerta gritando. Mara fue detrás de ella, pero la pequeña plaga de Egipto estaba gritando como una sirena y encontró una pistola de clavos que había sido dejada por ahí.
—¡Aléjense de míííí! —gritaba el monstruito y, como la marea no estaba buena para nosotros, la pistola estaba enchufada y el monstruito apretó el gatillo, haciendo llover clavos sobre mí y sobre Mara que gritaba como una puta a la que le robaron la cartera.
—¡Para con eso, hija del demonio! —gritó Mara y la niña volteó la pistola hacia ella y descargó los clavos, Mara cayó y se encogió en el suelo.
Y mientras el monstruito seguía gritando infinitamente ese "aaa", sonoro, estridente e irritante, apuntó la pistola hacia mí, pero no disparó, solo abrió una sonrisita como si estuviera posesa por un diablito.
—Mira, para con eso y el tío te da un algodón de azúcar. —dije y di un paso cauteloso hacia ella.
Pero la pestecita no estaba pensando en parar. ¡Estaba apuntando! Y apuntó bien a mi cara y disparó. Ahí quien estaba gritando era yo. Y cuando por fin dejé de sentir las picaduras de los clavos por mi cuerpo, estaba en el suelo enrollado como una bola.
—¿Me morí, Satanás? —pregunté todavía con los ojos cerrados, porque estaba seguro de que iría al infierno y el infierno era más agradable que estar con ese monstruito.
—¿Pero qué fue lo que hicieron? —la voz de Gregorio reverberó por todo el galpón y abrí un ojo solo una rendijita para ver.
Gregorio había logrado quitarle el arma a esa mini asesina, le puso cinta adhesiva en la boca y sacudía a la niña por el brazo. ¡Finalmente le apretaron la tecla de silencio a esa cosita aterradora!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Jefe Irresistible: Rendida a su Pasión (de Maria Anita)
No se puede continuar la historia después de cap 284 ,Marca error y compré monedas,intente con otras historias y si se pueden desbloquear pero esta no,ojalá arreglen eso por que ya que regresa a lectura gratis,va con otra historia de personajes que no conocemos,nunca se sabe qué pasó con Heitor y Samantha al final....