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Jefe Irresistible: Rendida a su Pasión (de Maria Anita) romance Capítulo 1376

"Lenon"

Me miré en el espejo y después miré a Mara, sinceramente aquello era aterrador. Ella parecía una prostituta y yo parecía un loco que secuestraba niñitos. ¡Mierda! Pero éramos exactamente eso, solo que yo pensaba que podríamos estar disimulados.

—¡Qué mierda, Mara! ¿Dónde conseguiste esa gorra con esa peluca extraña cosida? —pregunté sintiendo asco de mirarme en el espejo, con la cara cubierta por un revoque que quedó peor que los moretones.

—¡Una lindura, ¿no?! ¡Más aún con esa hélice ahí arriba! En cuanto la vi pensé que era tu cara. —se rio Mara.

—Solo puedes haber ido a comprar a la tienda de segunda mano de la suegra del diablo, no hay otra explicación. ¡Mira ese vestido! Eso ni siquiera es un vestido, es una toalla de cara amarrada con cordón de tenis a los lados.

—¡No finjas, Lenon! Estoy buenísima en este vestido y tú estás que te mueres de ganas de volver a probar este cuerpecito. —dio una vueltita moviéndose toda.

—Ay, Mara, ¡no te creas tanto! Eres de esas que no tienen nada de más, nada adelante, nada atrás y cintura cero. Tal vez sea esa tu falta de abundancia lo que hace que la gente piense que eres una niñita.

—¡Estúpido! —Mara me dio una cachetada y salió de la habitación.

Fui detrás de ella riéndome y tomé las llaves del auto, pero ella me estaba extendiendo un palo largo con un montón de algodón de azúcar.

—¿Qué mierda es esto? —la miré sin entender y ella se rio.

—Es el resto de tu disfraz, vas a vender algodón de azúcar a los niños en la puerta de la escuela. —soltó una carcajada.

—¡No voy a hacer eso!

—¡Ah, sí que lo harás! ¿Y sabes en quién me inspiré? En la putita de Giovana, aquella que dejaste escapar. Cuando la conocí tenía un olor tan bueno a algodón de azúcar. Claro que hice que la idiota cambiara de perfume y empezara a usar uno horrible. —Mara soltó una carcajada que mostraba bien la bruja que era.

—¿Sabes qué pienso, Mara? Pienso que te mueres de envidia de Giovana. Sí, porque esa chica es una cosa hermosa. Carita perfecta y el cuerpo es una cosa de locos, con todas las curvas en su lugar, cinturita fina, trasero respingado y esos...

—¡Ah, cállate, depravado! ¡Esa putita me las va a pagar! Voy a tener el placer de joder su vidita de princesa. —habló Mara más a la nada que a mí y yo la conocía bien, sabía que se moría de envidia de Giovana. —¡Anda, agarra esto! ¡Vas a hacer lo que tienes que hacer y punto!

Agarré el palo de algodón de azúcar medio contrariado, pero eran las órdenes de Gregorio y era para vengar a Frederico, me gustara o no eran mi familia. Fuimos a la puerta de la escuela de la niñita. Detuve el auto en la cuadra de atrás para que Mara bajara y después estacioné en la esquina de la escuela, salí y fui al portón con el palo de algodón de azúcar. Fui hasta el otro lado, pasando justo enfrente del guardaespaldas, que estaba de traje y lentes oscuros, recargado en el auto.

—Llevo algodón de azúcar... algodoncito dulce... ¿quiere un algodón de azúcar, jefe? —le pregunté al guardaespaldas de la niña, que estaba cerca del auto estacionado junto a la acera y él negó con la cabeza.

Seguí hasta la otra esquina, gritando y analizando todo alrededor. En el momento en que se abrieron los portones estaba caminando de regreso, observando a los mini demonios salir corriendo y gritando hacia sus padres. Un niño de unos doce años se acercó a mí.

—¡Señor, quiero uno verde! —pidió y lo miré hacia abajo irritado.

—¡Lárgate de aquí, mocoso fastidioso! —empujé al niño a un lado. Pero enseguida vino otra niña, aún más pequeña, gritando y saltando.

—¡Quiero blanco como la nube, blanco como la nube! —pedía la niña y simplemente pasé de largo.

Entonces vi a la primita de Hana saliendo. Esta vez estaba sola, en todos los otros días que vigilamos siempre estaba con una amiguita, iba a ser mucho más fácil, parecía que la suerte estaba de nuestro lado. Hasta olvidé mi irritación.

La piruja de Mara ya estaba distrayendo al guardaespaldas, de algún modo logró hacer que se agachara para ayudarla a buscar cualquier cosa en el suelo y ella prácticamente le puso los pechos, que apenas tenía, en la cara.

—¿Algodoncito dulce, niñita? —me acerqué a la prima de Hana antes de que llegara al guardaespaldas.

PAREJA 7 - Capítulo 212: Poniendo el primer plan en práctica 1

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