"Hana"
Tuve una mañana de cumpleaños perfecta con mi psicogato. Me llevó de vuelta a la cama y me dio un buenos días más que delicioso y solo salimos de la cama porque sonó el interfono.
—¿Puedes atender la puerta, mi loca? Es el mensajero del edificio. —pidió Rafael y ya desconfié de aquello, él nunca pedía que ninguna de nosotras abriera la puerta, él mismo salía de donde estuviera y atendía.
—¿Mandaste a entregar algo para mí? —entrecerré los ojos y él sonrió.
—¡No arruines la sorpresa! —respondió y me vestí rápido y fui hasta la puerta.
El mensajero del edificio me entregó un arreglo enorme de rosas rojas. Saqué la tarjeta del sobre y sonreí con lo que estaba escrito ahí: "Que sigamos eligiéndonos todos los días. ¡Feliz cumpleaños, mi flor!"
Cuando me volteé él me estaba observando, puse el arreglo sobre la mesita de la sala, salí corriendo y salté a su cuello, llenando su cara de besos.
—¡Te amo! ¡Mucho! —hablaba entre los besos.
—Mi flor, yo también te amo y estoy muy feliz de poder compartir este día contigo. ¡Es tu primer cumpleaños de todos los muchos que vamos a pasar juntos hasta el final de nuestras vidas! —me dio un beso tan delicioso, levantándome del suelo y yo crucé las piernas en su cintura.
Pero el teléfono empezó a sonar y corrí a contestar, era Melissa dándome las felicitaciones y apenada por estar en reposo y no poder celebrar conmigo. Entonces avisó que me había enviado un regalo. Conversamos por un rato y cuando colgué el teléfono Rafael venía de la puerta con una bolsa para mí, era el regalo de Melissa.
Y entre llamadas telefónicas y regalos llegando, me di un baño bien largo con mi psicogato y mi mañana pasó volando.
—¡Llegamoooos! —Giovana entró a casa toda eufórica. Rafael y yo estábamos poniendo la mesa y sus ojos brillaron cuando vio el almuerzo. —Ay, qué delicia, ¡comida japonesa! No quisiera vivir en Japón, pero adoro su comida. ¿Cómo fue tu mañana de cumpleaños?
—Excelente, recibí un montón de regalos y flores de mi amor. Mira allá en la sala. —respondí.
—Hum, ¡vi! ¿Y recibiste unos arrumacos también? —me preguntó bajito, pero lógico que Rafael y Anderson oyeron y pusieron los ojos en blanco.
—¡Claro! No iba a perderme la mejor parte. —sonreí y miré a Rafael que me guiñó un ojo.
Almorzamos los cuatro en un clima tan bueno y divertido, como si nada nos amenazara, como si nada malo pudiera pasar. Estaba muy feliz y parecía que nada podría salir mal en este cumpleaños, como si me hubiera librado de todo mi karma malo.
—¡Papá, tú y el guapito se encargan de los platos, necesito hablar con Hana! —avisó Giovana y ya sabía que cosa buena no era, cuando Giovana quería hablar de cosas en privado siempre era un tema sensible.
—¿Viste eso, Anderson? Presta atención, es una pequeña tirana. Y ahora aprendiendo cosas con Sandra y Renatita, ¡se va a poner imposible! —bromeó Rafael y Anderson sonrió.
—Jefe, ella manda y desmanda conmigo y me gusta así. No cambiaría nadita de mi fierecilla. —sonrió Anderson y le dio un beso en la mejilla. —Yo lavo los platos y después de esa conversación tuya con Hana, vamos a hacer las tareas de la escuela, para tener el fin de semana libre.
—¿Para qué la prisa? No puedo salir de casa. —hizo un puchero y él se rio.
—Pero podemos ver una película en la tele, jugar algo, terminar de leer nuestro libro... —argumentó y ella sonrió.
—Ya estamos terminando, ¿ya sabes cuál será el próximo? —preguntó animada y él asintió.
—Uy, así soy yo quien va a lavar los platos. —bromeé y ellos se rieron.
—Vamos, Hana, allá a mi habitación. —Giovana le dio un beso a Anderson, se levantó y me jaló.
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