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Jefe Irresistible: Rendida a su Pasión (de Maria Anita) romance Capítulo 625

"Manuela"

Flavio intentó convencerme de llamar a nuestros amigos y decirles que no iríamos a nuestras despedidas de solteros porque estábamos atrapados en el elevador. Hasta me sentí tentada con su propuesta, hecha en mi oído, bajo la ducha fría que parecía hirviendo con las caricias que me hacía, pero no sería justo con nuestros amigos. Entonces, fuimos al Club Social, pero él me prometió que no me dejaría dormir esa noche. Y no me dejó.

Al día siguiente fuimos a la hacienda, acompañados por sus padres, sus hermanos y Rick. Fuimos recibidos en la hacienda con mucha alegría, mi padre, mi hermano y Olivia ya nos esperaban. Todo estaba hermoso, se podía ver que Olivia había estado muy ocupada con la casa, pero mi padre y mi hermano también habían tenido bastante trabajo. La casa había sido pintada, así como las cercas alrededor. El patio estaba completamente arreglado y los jardines en torno a la casa nunca habían estado tan lindos.

Después de instalarnos, Lisandra y yo decidimos ir al pueblo, pues me acordé de una señora que hacía dulces turcos, que me encantaban desde niña, y quería ver si podía encargarlos para la boda. Fuimos a la casa de la señora y además de encargar para la boda, salimos de ahí con una caja grande. La señora se alegró de atenderme, se acordaba de mí y dijo que sería un placer hacer los dulces.

Cuando salimos de ahí, dimos una vuelta por la plaza, Lisandra quería ver donde nací. El pueblo era pequeño, pero era muy lindo. Encontramos algunos conocidos y claro que tenía que encontrarme con Idalina y Janaína, las dos chismosas más grandes del pueblo.

—¿Regresaste, Manuela? —Janaína, la ex empleada del banco que el gerente despidió porque estaba pasando información de mi cuenta a Rita, se paró frente a mí con cara de pocos amigos—. Rita dijo que ibas a regresar. ¿Sabes que por tu culpa me despidieron del banco y ahora atiendo el mostrador en la Casa de la Manteca?

Casa de la Manteca era una tiendita en el pueblo que vendía cosas peculiares como manteca de cerdo, sebo de res y tripas. Tuve que contener una risa, pero no sentía ni una pizca de pena por Janaína.

—Ay, muchacha, ¿todavía te acuerdas de esa Rita? ¡Por favor! Vámonos, cuñada. —Lisa, que no era tonta, se dio cuenta enseguida de que la intención de Janaína era provocarme.

—¿Cuñada? ¿Entonces sí te vas a casar? —me preguntó Idalina—. Solo se habla de esa fiesta de boda aquí en el pueblo, tu padre está muy animado. Me enteré de la historia de Rita, niña, qué cosa tan horrible.

—Pues sí, doña Idalina, horrible. Pero, con permiso, tenemos prisa. —Respondí y ya estaba dándoles la espalda.

—Pero no tenías que haber acabado con la vida de Magda y del delegado Rogerio de esa manera. La pobre Magda está inconsolable. —Doña Idalina habló y la miré, costándome creer lo que estaba oyendo.

—Doña Idalina, quien acabó con la vida de ellos fueron ellos mismos, que se juntaron con la bandida de Rita y la mala persona del señor Cándido. Ahora, si me disculpa. —Pero no tuve tiempo de voltearme.

—¿Te vas a casar porque estás embarazada, Manuela? —preguntó Janaína con cara de burla.

—¡No es asunto tuyo, chismosa! La gente se casa por otros motivos. —Lisandra salió en mi defensa.

—Si te vas a casar tan jovencita, mi hija, la gente habla, ¿no? —Doña Idalina observó bien mi barriga—. Vamos a ir a tu boda, Manuela, a apoyarte.

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