"Lisandra"
Era el último día en casa de mis padres, era domingo y me iría justo después del almuerzo, ya hasta había comprado el boleto por internet. Al día siguiente tendría que enfrentar a Patricio en la oficina. Y no solo a él, también a Rick y Mel. Le avisé a Rick y Mel dónde estaba al día siguiente de mi llegada, les envié un mensaje desde el celular de mi mamá y les pedí que no le contaran a nadie más. Aún estaba pensando en todo lo que mi mamá me dijo el día anterior, pero no había tomado una decisión. En realidad, mientras más pensaba, más sentía que debería irme muy lejos.
—¡Ah, las mujeres de mi vida están aquí! —Mi papá llegó del club poco antes del almuerzo y encontró a mi mamá y a mí poniendo la mesa. Le dio un beso en la frente a mi mamá y después hizo lo mismo conmigo.
Durante el almuerzo conversamos sobre los tiempos en que mis hermanos y yo aún vivíamos en esa casa. Me reí de las cosas graciosas que mi papá contaba sobre mis hermanos.
—Lisa, voy a extrañarte, siempre estás buscando la manera de estar lejos. —Mi papá me sostuvo la mano.
—¡Campanario es demasiado pequeño para mí, papá! —Bromeé con él. Esa era siempre la respuesta que daba cuando me preguntaba por qué no regresaba a casa.
—Siempre lo fue, ¿verdad? ¡Y lo que quieres no está aquí! —Mi papá me miró de reojo y miré a mi mamá que estaba impasible.
—No quisiste darme un trabajo aquí. —Me quejé y sonrió.
—Los dos sabemos que no es el trabajo lo que te mantiene en Porto Paraíso. —Mi papá me sostuvo la mano y me guiñó el ojo. ¿Pero será que hasta él sabía?
Terminamos el almuerzo tranquilos y cuando ya me estaba despidiendo para irme llegaron tía Lucinda y tío Alonso.
—¡Ah, pero no puedo creer que estés aquí! —Tía Lucinda abrió los brazos y me envolvió.
—Pero ya me voy, tía Lucinda. —Expliqué.
—¿No? ¿Y cuándo llegaste? —Tío Alonso preguntó antes de abrazarme. Era un típico español, como él decía la sangre española que tenía en las venas lo hacía un hombre intenso.
Miré su rostro por un momento y vi cuánto se parecía Patricio a él, los mismos ojos castaños con espesas pestañas negras alrededor, la misma sonrisa cautivadora, que quedaban aún más perfectos contrastados con su piel negra como la de tía Lucinda. Patricio era una mezcla perfecta de los padres.
—Hace cuatro días. —Respondí a su pregunta con una sonrisa.
—¿Y nadie nos avisó? ¡Eso es imperdonable, César! —Tío Alonso se quejó con mi papá.
—Estaban en la hacienda, Alonso. —Mi papá trató de justificarse.
—¡Y habríamos regresado para ver a Lisa! —Tío Alonso rebatió y tenía certeza de que sí habrían regresado.
—Y por eso mismo nadie avisó, no quería molestar su descanso. —Respondí abrazada a él.
—No me convences, muchachita. —Tío Alonso me dio un beso en la cabeza. —Ahora ven acá, vamos a sentarnos y me cuentas cómo se ha estado comportando mi hijo contigo, porque si se porta mal le voy a jalar las orejas.
—Tío, me encantaría quedarme y conversar, pero se me hace tarde para mi vuelo, tengo que irme. —Necesitaba huir de ahí antes de que preguntaran demasiado.
—Pero cambia el horario de ese vuelo. —Insistió.
—No puedo, tío, hoy es domingo y mañana regreso al trabajo. —Trataba de disuadirlo, pues sabía que si se empecinaba sería capaz de fletar un jet privado para llevarme a Porto Paraíso.
El recado de Patricio me dejó nerviosa, tan nerviosa como el día que viajé. No sabía qué había pasado después de que salí de Porto Paraíso. Entré rápido al carro y fui al aeropuerto, dejando a esas dos mujeres paradas observando el carro alejarse.
El vuelo de regreso me pareció más largo de lo que debería y al aterrizar estaba indecisa sobre salir del avión. Tal vez no debería haber regresado, porque al día siguiente tendría que enfrentarlo en la oficina y no estaba muy ansiosa por volver a la realidad y que las cosas volvieran a ser como antes, cuando me gritaba y me mantenía distante.
La azafata me miraba impaciente desde la puerta del avión mientras el penúltimo pasajero salía y yo aún estaba sentada en mi asiento inmóvil. Estaba congelada en el lugar, mis piernas no me obedecían. Otro sobrecargo se acercó a mí, se agachó a mi lado y habló con un tono de voz gentil.
—¿Señorita? ¿Puedo ayudarla? Ya aterrizamos, solo usted no ha desembarcado aún. ¿Se siente mal? —Miré al muchacho y no sabía exactamente qué decir.
—No, estoy bien. Solo estoy muy nerviosa y... —sentí mi corazón apretarse y un nudo formarse en mi garganta dificultando mi respiración.
El sobrecargo puso la mano sobre la mía y habló aún tranquilamente.
—Calma, está empezando a ponerse ansiosa. Mírame, vamos a respirar juntos. —Su voz era reconfortante. Respiró conmigo algunas veces y sentí el aire regresar a mis pulmones. —¡Listo! Ahora, ven. Voy a desembarcar con usted. Todo está bien. ¿Tiene equipaje de mano?
Asentí con la cabeza, tomó mi equipaje y me ofreció su mano que acepté con gratitud. Me ayudó a desembarcar y me entregó mi equipaje cuando se dio cuenta de que ya estaba mejor.
—¡Muchas gracias por ayudarme! —Le sonreí y recibí su sonrisa bien alineada de vuelta.
—Fue un placer para mí. —Se despidió y siguió su camino.
Pero la calma momentánea que sentí con la ayuda del sobrecargo pronto se desvaneció, bastó solo con que me volteara y me topara con Patricio parado ahí frente a mí, a la distancia de un brazo, tan cerca que sentía su perfume, con las manos en los bolsillos del pantalón, mirándome fijamente. Mis piernas flaquearon y mi visión se oscureció, solo sentí sus brazos envolverme en el segundo antes de desmayarme.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Jefe Irresistible: Rendida a su Pasión (de Maria Anita)
No se puede continuar la historia después de cap 284 ,Marca error y compré monedas,intente con otras historias y si se pueden desbloquear pero esta no,ojalá arreglen eso por que ya que regresa a lectura gratis,va con otra historia de personajes que no conocemos,nunca se sabe qué pasó con Heitor y Samantha al final....