—Avery —dijo Gideon en voz baja, y a través de nuestro vínculo sentí las ondas de su dolor y frustración—, yo no sabía que eras mi compañera.
—Y eso lo cambia todo, ¿verdad? —le reclamé—. Quizá debiste haberme tratado como si fuera importante todo el tiempo, y así no estarías en este predicamento.
—¡Eras importante! —protestó Gideon—. Pero lo que sentía por ti… —se calló y apretó la boca en una línea firme.
—¡Ajá! ¡Así que sí sentías algo! —exclamé con aire de triunfo.
—¡Por supuesto que sí! —gruñó Gideon—. ¿Cómo no hacerlo? Me desafiabas a cada paso, pero cuando estaba contigo, descubría que nada más importaba. ¿Por qué no puedes sentir lo mismo por mí ahora?
Apreté los ojos con fuerza mientras sus palabras tocaban una fibra sensible en mi corazón. ¡Oh, cuánto quería creerle! Pero ¿cómo podía confiar en que esto duraría si cedía?
—Podrías intentarlo —instó mi loba.
—¡No! —les grité a ambos—. ¡Lo único que ha sido constante en ti es tu increíble capacidad para lastimarme! ¿Por qué debería darte otra oportunidad para hacer más de lo mismo?
Gideon dio un paso hacia adelante y atrapó mi mano furiosa mientras yo la agitaba en el aire. La colocó sobre su pecho y sentí el calor, junto al latido lento y constante de su corazón. Más que eso, sentí que la tensión que siempre existía entre nosotros se intensificaba.
Estar cerca de él abrumaba mis sentidos. Si me quedaba aquí, cedería.
Con un grito de furia, retiré la mano como si me hubiera quemado, di una docena de pasos atrás y salí corriendo todo el camino de regreso a mis habitaciones en la casa de la manada; no me detuve hasta que me desplomé contra la puerta cerrada con llave.
Eso había estado demasiado cerca.
Durante el resto de la semana, cuando Gideon aparecía, lo ignoraba. Sin embargo, cuando nos presentábamos en el territorio como pareja, cambiaba de rumbo. Me mostraba dulce, amable y lo tocaba constantemente. En el minuto en que nos quedábamos solos, le pagaba con indiferencia y con el lado afilado de mi lengua.

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