Punto de vista de Deirdre
No podía creer que ya hubieran pasado diez años.
Si mirabas mi rostro, mi nuevo rostro, jamás lo sabrías. No había un solo cabello fuera de su lugar. Ni una arruga a la vista. Me había asegurado de eso a través de las decenas de miles de dólares que había gastado en procedimientos cosméticos, inyecciones y visitas al dermatólogo a lo largo de los años.
Parecía una loba congelada en un tiempo que nunca existió. Una loba con un nombre diferente, un pasado diferente y sin historial de que le hubieran arrebatado todo.
Pero la verdad era que no había cantidad de bótox, rellenos o estiramientos faciales “sutiles” que pudieran cambiar lo que realmente había sucedido. Mi nariz podía ser distinta, mis ojos podían ocultarse detrás de lentes de contacto de color, las pecas que me había tatuado en el rostro tal vez nunca se desvanecerían, pero no había forma de esconderse de los eventos de hace diez años.
No realmente. No en las formas que importaban.
Habían pasado diez años desde que desperté en ese invernadero abandonado, delirante y confundida, con una neblina en la cabeza que tardó semanas en desaparecer. Pasó una década, y yo había vivido toda una vida en ese lapso; había sufrido, sobrevivido y trabajado como el demonio para reconstruir lo que me habían quitado.
Al principio viví huyendo. Gideon me cazó como a un perro, pero siempre me las arreglé, de alguna manera, para estar un paso adelante. Viví en cuevas y chozas abandonadas en el bosque. Viví de lo poco que podía cazar y recolectar por mi cuenta. Principalmente, me mudaba.
No fue sino hasta dos años después que la persecución de Gideon cesó un poco, lo justo para darme la oportunidad de respirar.
Fue entonces cuando encontré a los renegados.
Eran una manada grande en los territorios del norte. Nómadas. La idea de unirme a ellos parecía perfecta; eran lo suficientemente numerosos como para pasar desapercibida ante los extraños, y su estilo de vida nómada significaba que podía seguir moviéndome, evadiendo a Gideon, sin tener que sobrevivir por mi cuenta.
Debería haber sido simple: una oportunidad para descansar, reagruparme y comenzar a planificar mis próximos movimientos.
Pero fue todo menos eso. Me acusaron de robar en mi primera noche simplemente porque me había servido una segunda porción secreta de la cena. Me estaba muriendo de hambre, pero a ellos no les importó. A sus ojos, yo era una recién llegada que había tomado sus recursos, y tenía que pagar.
Me dijeron que solo necesitaba trabajar para saldar la comida que había robado. Fácil. Podía hacer eso.

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