Punto de vista de Avery
No había visto ese rostro en años.
Diez años, de hecho.
La última vez que había visto a Deirdre, ella estaba muerta. Por mis propias manos. Tirada en el suelo de tierra de aquel invernadero abandonado, con sangre en los labios y unos ojos que miraban hacia la nada.
Durante diez años, esa imagen me había atormentado. Ni en mis sueños más salvajes habría considerado que algún día mataría a alguien y, sin embargo, había sido la vida de Deirdre, de entre todas las vidas, la que me había llevado.
Y, aun así, ahora aquí estaba. Diez años después.
Viva y pasando a mi lado por un sendero iluminado por el sol.
Me le quedé mirando, con la boca abierta y deteniendo mis pasos en la tierra. [¿Cómo era esto posible? Deirdre estaba muerta; yo la había visto morir.]
A menos que...
Tal vez no estaba muerta. Quizá había sido demasiado precipitada en mi huida. Tal vez...
Me froté los ojos a medida que la loba se acercaba. Ella me miró, notando mi fijación, y dejó de caminar. Mi corazón latía con fuerza mientras ella levantaba la mano y se quitaba las gafas de sol.
Fue solo entonces cuando me di cuenta de que no era Deirdre en absoluto. La loba que me miraba tenía algunos rasgos similares: la forma de la cara, la estructura general del cuerpo, la misma expresión afilada. Pero no era Deirdre.
Esa loba tenía el cabello negro como el azabache. Una pequeña nariz respingona salpicada de pecas. Piel pálida, nada que ver con la adicción al bronceado de Deirdre. Sus ojos eran de un marrón profundo, sus labios eran carnosos y tenía el tatuaje de una mariposa en la muñeca.
La mujer me clavó la mirada.
—¿Te puedo ayudar en algo? —preguntó. Incluso su voz no sonaba como la de Deirdre; era profunda y ronca, con un acento pausado que no lograba identificar. La de Deirdre siempre había sido chillona y rápida, y no tenía un acento como el de esta loba.
—Lo siento —sacudí la cabeza y forcé una sonrisa, aunque eso ayudó poco a frenar las carreras de mi corazón—. Pensé que eras alguien a quien conozco. Conocía.
El rostro de la loba no cambió.
—¿Conocías? —repitió.
—Sí, es solo... —hice un gesto con la mano—. Viejas conocidas.
Habría jurado que escuché un suave resoplido entre dientes.
—Claro. Conocidas —murmuró. Sus ojos me recorrieron de arriba abajo, como si me estuviera estudiando. De repente me sentí muy pequeña bajo su mirada, y algo en ella hizo que se me erizaran los vellos de la nuca.
Pero luego pasó de largo sin decir otra palabra, contoneando las caderas mientras caminaba por el sendero.
La miré todo el tiempo. Detallé sus pantalones ajustados, su impecable camisa de botones, su cabello negro azabache fuertemente recogido en un chongo en la nuca. Su forma de caminar era familiar, pero no era Deirdre. Eso era imposible.
Deirdre estaba muerta.
No fue sino hasta que desapareció detrás de una curva del sendero que finalmente dejé escapar una lenta exhalación. Sacudí la cabeza y continué por el camino hacia la casa.
Adentro, a mis ojos les tomó unos momentos adaptarse de la brillante luz del sol del exterior a la penumbra del interior. Parpadeé, avanzando a tientas hacia la cocina, donde escuché la voz de Sebastian.
Para cuando llegué a la cocina, mi visión se había estabilizado. Sebastian estaba apoyado contra la barra con una taza de algo en una mano y la otra mano en el bolsillo. Levantó la vista hacia mí y sus labios se partieron.
Antes de que cualquiera de los dos pudiera hablar, Gideon apareció a la vista.
—¿Sigues aquí? —solté.
—No suenes tan emocionada —los labios de Gideon se curvaron.
—Nos entretuvimos hablando de asuntos de la manada —aclaró Sebastian.
—Ya veo —dejé las bolsas del mercado sobre la mesa mientras Gideon recogía su saco de vestir, que estaba colgado en el respaldo de una silla.
—De verdad ya debería irme —dijo.
Justo cuando llegó a la puerta, de repente lo llamé.
—¿Gideon?

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