Había encontrado la casa. Levanté la mano para golpear, pero la puerta se abrió de golpe antes de que pudiera bajar el puño.
La hechicera estaba parada allí con una expresión de desconcierto en el rostro.
—Vaya, ¿no eres un gran bruto tonto? Pero supongo que no haré que derribes la puerta —frunció el ceño—. Entra. Ella está en la cocina.
Me guió hasta la cocina, donde Avery se levantó de la mesa, con el rostro pálido y los ojos abiertos de par en par.
—Tú… —se tambaleó al verme y se aferró al respaldo de su silla—. ¿Cómo? ¡Deberías estar durmiendo todavía!
—No lamento decepcionarte —gruñí, revisándola rápidamente con la mirada para asegurarme de que no tuviera heridas—. Ve por tu madre, regresamos.
Avery sacudió la cabeza con vehemencia.
—Llegas demasiado tarde. Ella ya se fue. Le aseguré el transporte hace horas y se dirige a un lugar seguro.
—Avery —sentí deseos de sacudirla—, no existen los lugares seguros.
—Eso lo sé —sus ojos destellaron—, ¡especialmente no contigo! Y ahora me voy yo.
Pasó caminando a mi lado, lanzándome una mirada intencionada.
—¿Por qué no te sientas a tomar una taza de té?
—No, gracias —gruñí—. Ya he tenido suficiente de tus brebajes…
Intenté atraparla del brazo, pero de repente unas cuerdas de luz se dispararon entre nosotros. Fue como estar dentro de una burbuja y mi mano rebotó. Por encima del hombro de Avery, vi a Sofia gesticulando con las manos. ¿Alguna clase de hechizo?
La magia era solo otro tipo de voluntad. La mía era más fuerte.
Me estiré hacia adelante otra vez y puse toda mi fuerza en el movimiento. La pared de la burbuja empujó hacia el frente y Avery dio un paso atrás para evitarla mientras yo lograba avanzar otro pie completo.
—Adiós, Gideon —estaba diciendo ella, pero las palabras me llegaban como si estuvieran amortiguadas a través de un vidrio.
—Deja de huir —hablé entre dientes por el esfuerzo que esto requería, avanzando lentamente por la habitación hacia ella y la bruja—. ¡No puedes evitarme para siempre!

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