Punto de vista de Avery
Evitar las cosas se convirtió en la estrategia principal a partir de ese momento.
No evitar a Gideon ni a Camila.
Sino evitarme a mí misma. Al monólogo interno que no dejaba de intentar decirme que tal vez estaba tomando la decisión equivocada. No quería considerar esa posibilidad.
No quería considerar que el único plan que tenía pudiera ser inútil.
Que yo fuera inútil.
Los últimos meses de mi vida habían estado impulsados por las decisiones de otros lobos. Cuando me detenía a pensar por qué seguía intentando irme, me saltaba a la vista que tal vez era el único control que tenía sobre mi vida.
Mis deberes de Luna estaban prescritos. Mis deberes de compañera eran inexistentes, mientras Gideon y yo siguiéramos siendo hostiles.
No es que él se estuviera mostrando hostil conmigo. Más bien estaba a la defensiva.
Podía sentir su deseo ardiendo a través de nuestro vínculo, y cuando él dormía por la noche este se intensificaba, manteniéndome despierta con los ecos de su desesperación.
Por mí.
Pero yo había sido una posesión durante tanto tiempo. Lo único en lo que podía pensar era en que estos machos me habían querido primero por ser prescindible, luego por ser indispensable, y desde cualquiera de los dos extremos de ese espectro yo seguía siendo un juguete en sus juegos de poder.
¿Entraría mi hijo a este mundo como un cachorro indefenso, como el peón de aquellos que buscarían controlar, usar y dominar su vida? Sabiendo que el Rey de los Renegados ya creía que cualquier hijo que yo engendrara estaría destinado a ser poderoso, sabía que no nos permitiría tener una vida simple.
No mientras él siguiera vivo.
Amaba a este cachorro, incluso antes de poder sentirlo. Amaba y odiaba la forma en que amenazaba con poner mi vida patas arriba por completo. Había pensado que el camino ante mí parecía simple, aunque difícil. Ahora se sentía imposible.
Pasaba todo el tiempo trabajando en las tareas que Gideon me había encomendado, intentando evitar mis propios pensamientos. La loba dentro de mí lo hacía imposible. Ella era fuerte, obstinada y estaba muy segura de que la estaba cagando.
—Tienes miedo —me dijo una tarde, mientras yo caminaba de un lado a otro por la casa de la manada intentando distraerme—, y nunca es bueno correr cuando tienes miedo. Así es como atrapan a los conejos.
—No soy un conejo —pensé con rabia—, soy una loba.
—Entonces muestra tus colmillos y destruye a quienes se te oponen —instó ella—, eso hará más por nuestro cachorro que este pánico.

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