Una vez que el guerrero me depositó en mi cama como un saco de patatas, me quedé sola.
Pero me negué a quedarme sentada compadeciéndome de mí misma. Tenía que escapar. No iba a abortar a mi cachorro.
No lo dudé. En el momento en que estuve sola, me deslicé fuera de la cama y registré mi tienda. No había armas, pero decidí que el espejo tendría que servir. Le coloqué encima una sábana de mi cama para amortiguar el sonido y luego lo golpeé con el puño hasta que sentí que el vidrio se estrellaba. Después, desprendí un pedazo grande con cuidado y me apresuré hacia la parte trasera de mi tienda, tan lejos de mi guardia como pude.
Corté la lona meticulosamente. El fragmento de vidrio se me clavó en la palma, haciéndome sangrar, pero no me detuve. Seguí cortando hasta que hubo una abertura lo bastante grande como para escurrirme.
Me guardé el vidrio en el bolsillo por si acaso y me puse a cuatro patas. Me asomé por la rendija y no encontré más que un callejón pequeño e improvisado entre mi tienda y algunas otras. Una vez que estuve segura de que el camino estaba despejado, pasé a rastras.
El sol todavía estaba alto en el cielo, dejando pocas sombras para cubrirme. Me mantuve agachada y corrí entre las tiendas. Esta ciudad era un maldito caos. No sabía qué dirección tomar ni qué sendero me llevaría al mejor lugar. Todo era un mar de lona, madera y montones de escombros.
Finalmente, divisé una posible salida: un sendero ancho que conducía a través de una puerta hacia el bosque. Me asomé por la esquina de una tienda y miré a ambos lados. Había renegados caminando de un lado a otro en un patrullaje. Guerreros. Tendría que calcular mis movimientos a la perfección.
Conté sus pasos. Cada uno caminaba unos quince o veinte pasos en una dirección antes de darse la vuelta. Se movían en direcciones opuestas, por lo que siempre tenían ojos en ambos lados. Pero si lograba cruzar corriendo el camino justo cuando se estuvieran girando, tal vez no me verían. Tendría que avanzar de un lado a otro hasta llegar a la puerta, pero era viable.
El primer tramo salió bien. Crucé corriendo la calle y me zambullí detrás de un barril antes de que me detectaran. El corazón se me subió a la garganta, pero de inmediato me puse de pie y esperé la siguiente oportunidad.
Fue en el segundo intento donde todo salió mal. Mi pie se enganchó en el barril detrás del cual me había estado escondiendo justo cuando salté hacia fuera. Este se tambaleó y luego cayó, enviando patatas a rodar por todo el suelo.
Ambos guerreros se giraron hacia mí.
—¡Oye!
—¡Atrapenla!
Mierda.
Corrí hacia la puerta, pero otro renegado me bloqueó el paso y me empujó hacia atrás antes de que pudiera alcanzarla. Caí de bruces contra la tierra y la cabeza me empezó a dar vueltas de forma tan violenta que creo que perdí el conocimiento.

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