Punto de vista de Avery
Gideon me miró fijamente durante tanto tiempo que estaba segura de que podría quemar un agujero en la tela azul medianoche solo con sus ojos.
—¿Va a quedarse ahí parado con la puerta abierta? —preguntó la estilista con la boca llena de alfileres.
Gideon reaccionó y dio un paso hacia el interior, dejando que la puerta se cerrara detrás de él.
—Lo siento —dijo, aclarándose la garganta—. No me di cuenta de que tenías compañía.
—Es evidente —miré la tela que me cubría—. Sebastian mandó a hacer un vestido para mí. Para el banquete.
El rostro de Gideon se tensó ante la mención de Sebastian.
—Ya veo —dijo—. Eso es algo muy... de compañeros.
La estilista me lanzó una mirada. Yo solo sacudí la cabeza hacia ella.
—¿Necesitabas algo? —le pregunté a Gideon.
—Vine a hablar con Sebastian sobre asuntos de la manada.
—Está en su oficina. Al final del pasillo, la segunda puerta a la izquierda.
—Sé dónde es —sin embargo, no se movió de inmediato. Se quedó allí parado por un momento con las manos en los bolsillos, mirando a cualquier parte de la habitación que no fuera yo. Luego, como si acabara de recordar algo, volvió a mirarme—. ¿Cómo está el tobillo?
—Bien. Mejor.
Asintió de nuevo. Lo observé por un momento y pensé que si iba a hacer esto, más valía que lo hiciera ahora, ya que estábamos en la misma habitación y no podría echarme para atrás.
—Gideon —dije.
Él me miró.
—Gracias por lo que hiciste la otra noche. Por encontrar a Bjorn y traerlo de vuelta. No había tenido la oportunidad de verte desde entonces, pero espero que sepas que de verdad aprecio que hayas hecho todo lo posible por ayudarlo.
Gideon se quedó callado un momento antes de murmurar entre dientes:
—No tienes que agradecerme por elegir salvar a un cachorro.
—Sé que no tengo que hacerlo —dije—, pero quiero hacerlo —hice una pausa—. Y también te debo una disculpa. Por los regalos que trajiste la semana pasada. No debí haber intentado donarlos. A Bjorn le encantan.
—¿Se los diste? —su rostro se iluminó un poco.

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