Punto de vista de Alfa Gideon
Creo que dejé de respirar, pero no podía estar completamente seguro. Por lo que sabía, bien pude haberme desmayado. Maldita sea, tal vez incluso había muerto durante la pelea y la loba frente a mí era un ángel.
Pero sabía que era ella.
Ella alzó la vista, la luz de las antorchas iluminó su rostro y mi lobo se volvió loco. Él lo supo, de golpe, de la misma manera en que siempre lo había sabido; de la forma en que lo supo desde el primer instante hace diez años, cuando nos sostuvimos el uno al otro en el bosque durante aquella noche oscura.
Era Avery.
Nuestra compañera.
Su cabello era diferente. Más corto, más oscuro, cortado cerca de su mandíbula. Vestía ropa humana y los años habían pasado por ella. Pero era ella. Era incuestionable y absolutamente ella.
Dejé caer el paño que Tegan me había entregado.
—¿Avery?
Ella me miró. Por un momento, vi algo que se parecía muchísimo al amor cruzar por su mirada, pero rápidamente alzó un duro muro de hielo sobre ese sentimiento y desvió la vista. Me quedé congelado, con la mano todavía ligeramente extendida.
Sebastian la puso de pie, atrayéndola contra su costado, y les dijo algo mordaz a los guerreros sobre la forma en que estaban tratando a su invitada. Apenas lo escuché. Seguía mirándola fijamente.
Ella no volvió a mirarme.
Mi lobo se estaba volviendo loco. Por primera vez en una década, su presencia no era hueca ni estaba llena de anhelo, sino que estallaba de alegría. Cada terminación nerviosa se activó a la vez. La reacción fue casi violenta en su intensidad. Quería transformarme, envolverme alrededor de ella y no soltarla jamás.
Estaba viva.
Estaba viva, y estaba parada justo allí, y...
Lo último que quería hacer era irme. Pero no podría llegar hasta Avery si me encontraba en una celda de detención, así que decidí ceder. Por ahora.
Al menos estaba viva. Eso era lo más importante.
[¡Diosa, Avery está viva!]
Le lancé a Colt una última mirada de enfado, luego me di la vuelta y salí del patio.
Los guerreros nos siguieron, asegurándose de que realmente nos marcháramos. Tegan se incorporó a mi paso sin decir una palabra y salimos por una puerta lateral hacia la entrada para autos, donde estaba estacionado el vehículo. Los guerreros nos escoltaron durante todo el trayecto y nos vigilaron mientras subíamos al auto.
Tegan se sentó en el asiento del conductor, lo cual fue lo mejor, porque me temblaban demasiado las manos como para conducir. Mientras él salía de la entrada, miré hacia la casa.
—Está viva —comenté con voz ronca.

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