Punto de vista de Avery
Un auto por demás familiar estaba esperando en la entrada de la cochera de Aldric cuando llegué. Gideon estaba de pie a un lado, apoyado contra la puerta con los brazos cruzados. En el momento en que lo vi, una punzada me atravesó las sienes.
[Oh, no. Conocía ese dolor demasiado bien.]
Por un momento consideré dar la vuelta y marcharme. Pero hoy tenía una cita y Gideon ya me había visto, así que no tuve opción.
Apreté la mandíbula mientras puse el auto en posición de estacionamiento y bajé. Gideon ya se estaba moviendo hacia mí y agitando la mano.
—No lo hagas —dije, estirando el brazo para tomar mi bolso en el asiento trasero.
Él se detuvo a unos cuantos pasos.
—¿No haga qué?
—Solo... no lo hagas —tomé mi bolso, cerrando la puerta del auto detrás de mí, y pasé de largo a su lado. Ya podía sentir que se avecinaba un dolor de cabeza.
Gideon, por supuesto, me siguió, lo que solo hizo que otra palpitación me atravesara los ojos.
—¿Viniste solo para fregarme lo de ayer o algo así? —espeté, sin disminuir el paso ni mirarlo.
—¿De qué estás hablando, Avery?
—Si tienes más regalos para mi hijo, esta vez no los recibirá. No voy a permitir que intentes colarte en su vida con obsequios.
Gideon me miró.
—Espera, ¿así que sí le diste los regalos después de todo?
No respondí a eso, pero no hizo falta. Estaba bastante segura de que mi rostro lo delató por completo, porque Gideon sonrió un poco, con las comisuras de los labios curvándose ligeramente hacia arriba.
—Espero que le hayan gustado —dijo.
Ignorándolo, me dirigí al interior de la clínica, donde Aldric estaba esperando. Gideon me siguió, afirmando que estaba aquí estrictamente por motivos de negocios y nada más. Pero yo sabía la verdad: estaba intentando pasar tanto tiempo conmigo como fuera posible.
Como si, al seguirme a todas partes como un perro perdido, fuera a conseguir que cambiara de opinión sobre nosotros.
Bueno, eso no iba a pasar. A pesar de lo que Melissa había dicho ayer, yo todavía estaba bastante segura de que Gideon quería una sola cosa y nada más: a Bjorn. Su heredero. Y diría o haría lo que fuera para que eso sucediera.
No iba a permitir que me atrapara como su amante, una pura vía de escape física y no alguien a quien realmente pudiera ver amando como una verdadera compañera y Luna, y eso era definitivo. Ninguna cantidad de gestos aparentemente “amables” o palabras dulces podría cambiar eso.
La cachorra con la que estábamos probando la Raíz de Licántropo ya estaba en la clínica, recostada en una de las camas de hospital. A diferencia del cachorro anterior, ella estaba despierta, aunque apenas. Era diminuta, con un cabello castaño ratón y pecas por todo el rostro. Me miró con ojos azules vidriosos mientras me acercaba.
—Gina, ella es la señorita Avery —dijo la enfermera con suavidad mientras yo dejaba mi bolso al lado de la cama—. Trae una medicina especial que podría ayudarte a ti y a un montón de otros cachorros a mejorar.
La cachorra me miró con cautela.
—He probado muchas medicinas —dijo. Su voz era áspera y ronca, lo cual desentonaba mucho en una cachorra tan pequeña—. Ninguna me hace sentir mejor.
Me dolió el corazón, pero esbocé una sonrisa que esperaba resultara reconfortante.
—Bueno, tal vez esta vez sea diferente.
—De acuerdo... —no parecía convencida, pero no discutió.


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