—Avery —dijo él, dejando su tenedor.
—¿Qué les ha parecido? —pregunté.
—Es... —echó una mirada a su alrededor—. Animado.
—La comida no está mal —comentó otro, lo que fue una admisión sorprendente, pero bienvenida. Pinchó una papa con el tenedor y la examinó como si nunca hubiera visto nada igual.
—Me alegra —junté las manos—. Esperaba que consideraran quedarse hasta mañana. Quiero mostrarles en lo que he estado trabajando. Creo que una vez que vean la magnitud del proyecto, sus preocupaciones sobre mi estancia aquí empezarán a tener mucho más sentido.
Los hombres inclinaron la cabeza reuniéndose y cuchichearon entre sí durante unos momentos, mirándome de vez en cuando, antes de separarse. Un hombre me miró y levantó el índice.
—Una noche —dijo—. Si no nos gusta lo que veamos mañana...
—Lo sé —los interrumpí con una sonrisa tensa, pero agradable—. Se retirarán. Ya lo han dejado muy claro en ese aspecto.
Los hombres asintieron, casi al unísono, y volvieron a su comida. Mientras me alejaba, divisé a la loba de antes, la que había asustado a uno de los hombres en la mesa de la comida, mirando a ese mismo sujeto. Él levantó la vista, cruzando la mirada con ella, ella le guñó un ojo y le agitó los dedos a modo de saludo.
A él se le pusieron las orejas rojas y de repente volvió a concentrarse de lleno en su papa.
Solté un bufido para mis adentros, pero no hice ningún comentario y fui a buscar algo de comer.
Para cuando el banquete concluyó y los últimos invitados se dispersaron en la noche, me dolían los pies y la cara por tanto sonreír. Bjorn se había quedado dormido en su mesa, desplomado tras el bajón del subidón de azúcar, con la cabeza apoyada sobre sus brazos. Tegan se lo llevó a su habitación y lo vi marcharse mientras se frotaba los ojos con sueño y la tiara le quedaba completamente torcida en la cabeza.


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