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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 10

La luna de miel en las Maldivas era una jaula de oro. Sarah no dejaba de quejarse por el clima y su incipiente embarazo, mientras Dominic cumplía con su papel de esposo como un autómata. Una noche, mientras él salía de la ducha, escuchó un grito en la habitación. Sarah estaba de pie junto a la mesilla de noche, con una pequeña cadena de oro colgando de sus dedos.

—¿Qué es esto? —preguntó Sarah, con la voz temblando de rabia.

Dominic se tensó.

—Deja eso ahí.

—Tiene una inicial: G, de Grace. ¡Es de ella! —chilló Sarah—. ¡Es la cadena de esa mujerzuela! ¿Por qué la guardas, Dominic? ¿Por qué la traes a nuestra luna de miel?

—Dámela, Sarah —ordenó él con la voz ronca.

—¡No! —ella retrocedió, con el rostro desfigurado por el odio—. Te casaste conmigo. Me elegiste a mí. Y sigues cargando con la basura de tu amante.

Sarah caminó hacia el ventanal de la villa, lanzó la cadena hacia la oscuridad. El destello dorado se hundió en el océano.

—¡No! —gritó Dominic.

Corrió al balcón se golpeó contra la barandilla. Sus dedos arañaron el aire, pero solo encontraron el vacío. Era el fin. Perder ese metal era perder el último hilo que lo unía a Grace. El pecho le ardió con un dolor que se negaba a admitir. Odiaba la traición que creía real, pero perder sus recuerdos lo estaba destrozando.

Dominic giró. Sus ojos eran fuego. Caminó hacia Sarah con una calma letal que la hizo retroceder hasta chocar con el ventanal. No la tocó, pero se cernió sobre ella, invadiendo su espacio hasta dejarla sin aliento.

—No vuelvas a tocar mis cosas —siseó con una voz tan baja que resultaba aterradora.

—¡Soy tu esposa! —chilló ella, temblando—. ¡Esa basura no tiene lugar aquí!

Dominic apretó los puños a los costados para no perder los estribos. La miró con un desprecio que le heló la sangre.

—No la llames así, nadie tiene derecho a insultarla de ese modo, solo yo —respondió él, con cada palabra cargada de rabia—. Y tú no decides qué parte de mi vida entierro. ¡Nunca más!

La dejó atrás con un gesto de asco. Salió a la terraza, tragando aire salado. Sus pulmones colapsaban. Miró el agua negra, midiendo la caída. Sentía el impulso de saltar. Tenía que recuperar lo único que lo mantenía cuerdo. Estaba a punto de bajar al océano cuando un jadeo seco lo frenó.

Sarah se desplomó sobre la alfombra. Se encogió, presionando su vientre con desesperación.

—¡Dominic... el bebé! —susurró ella, palideciendo—. Me duele...

Dominic se quedó inmóvil. El deber lo golpeó en la cara.

—¡Sarah!

Caminó hacia ella y la cargó con movimientos mecánicos, con el alma todavía hundida en el fondo del océano.

—El bebé…

C10: La noticia que sacude su corazón. 1

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