El estruendo de los objetos estrellándose contra el suelo retumbó en toda la planta baja. Charlotte y Sarah se tensaron en el pasillo. La abuela, que había colocado la revista con precisión quirúrgica, fingió un sobresalto y corrió hacia el despacho.
—¿Qué ocurre, cariño? —preguntó Charlotte al entrar, con la voz cargada de una preocupación falsa.
Dominic estaba de pie en medio del caos. Tenía el pecho agitado y la mirada fija en el vacío. La revista yacía arrugada sobre los restos de una lámpara de cristal.
—No quiero hablar con nadie en este momento —soltó él—. Tengo algo importante que hacer.
Se dio la vuelta y salió del despacho como un huracán, ignorando los escombros bajo sus pies. Sarah lo interceptó en el pasillo, con el rostro pálido y los ojos muy abiertos.
—¿A dónde vas? —le preguntó, estirando la mano para sujetar su brazo—. Acabamos de llegar, Dominic...
—Por tu propio bien, no intentes detenerme, nadie lo intente —rugió él.
Dominic la apartó con un movimiento brusco, sin mirarla. Bajó las escaleras de dos en dos y la puerta principal de la mansión se cerró con un golpe que sacudió los cimientos. El motor de su coche rugió un segundo después, alejándose a toda velocidad.
Sarah se quedó inmóvil, respirando con dificultad, con la mano apoyada en su vientre.
—¿Qué pasa? —le preguntó a la abuela, con la voz temblorosa.
Charlotte caminó con paso lento hacia ella. Sostenía la revista entre sus dedos como si fuera un arma. Se la extendió en silencio. Sarah clavó los ojos en la portada y en el titular.
—Maxwell Foster… —susurró Sarah.
El nombre salió de sus labios como una sentencia. Sus rodillas fallaron. La sangre se le escapó del rostro y, antes de que Charlotte pudiera reaccionar, Sarah se desplomó pesadamente en el suelo del vestíbulo, sumida en una oscuridad provocada por la impresión.
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Grace acariciaba su vientre con suavidad. Sentía el leve aleteo de los mellizos bajo su palma, un recordatorio de que ahora vivía para ellos. El sol de San Francisco bañaba su oficina, pero la paz se quebró con un estruendo.
—¡Grace Scott! ¡Sale y da la cara!
La voz de Dominic retumbó en el pasillo como un trueno. Grace se quedó helada. El aire se le escapó de los pulmones y el corazón le golpeó las costillas con violencia. Se puso de pie con dificultad, protegiendo su vientre con ambas manos.
Maxwell entró en el despacho, agitado y con la mandíbula tensa.
—No salgas —ordenó él con voz firme—. Quédate aquí. Yo me haré cargo de él.
Grace asintió, incapaz de articular palabra. Se quedó tras la puerta, temblando, escuchando cómo los gritos de Dominic se acercaban.
—¿Qué demonios te pasa, Pierce? —rugió Maxwell al encontrárselo en la recepción—. ¿Con qué derecho vienes a gritar a mi empresa? ¿Por qué buscas a mi esposa?


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