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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 100

Sarah abrió los labios, sorprendida por la propuesta. No esperaba que él pusiera en sus manos el negocio que acababa de comprar.

—Tengo que pensarlo —respondió tras unos segundos de silencio—. Y debo leer los términos de tu propuesta antes de darte una respuesta.

—Te los haré llegar al correo —asintió él—. O, si deseas, podemos reunirnos en otro lugar más tranquilo para hablar de los términos legales.

—No creo que sea una buena idea —replicó Sarah, adivinando sus intenciones.

Maxwell no se dio por vencido. Estiró la mano sobre el mantel y le atrapó los dedos con suavidad pero con firmeza.

—Por favor —le pidió con voz baja—. Tengo un lugar donde podemos hablar sin interrupciones. Solo para discutir el negocio.

Sarah sintió cómo la piel se le erizaba ante el contacto físico. El corazón le latía con una fuerza que amenazaba con delatarla; la cercanía de Maxwell seguía teniendo el mismo efecto devastador de siempre. A pesar de sus miedos y de la barrera que intentaba construir, terminó cediendo.

—Está bien —susurró—. Acepto.

****

Charlotte apareció en el pasillo con esa elegancia gélida que la caracterizaba, deteniéndose justo frente al cristal de la unidad de aislamiento. Dominic, que estaba sentado junto a la cama de Arthur, sintió una presencia que le hizo erizar la piel. Al levantar la vista y verla ahí, de pie tras el vidrio, se tensó al instante. Sintió una punzada aguda en la sien, un martilleo que parecía nacer del simple hecho de tener a su abuela observándolo.

Se levantó con lentitud, sintiendo un leve mareo, y se acercó al intercomunicador mientras se interponía entre ella y la visión del niño.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Dominic con voz gélida a través del aparato. Por suerte, Arthur estaba sumido en un sueño profundo debido a los medicamentos.

—Vine a verte, Dominic. Y a saber del niño —respondió Charlotte al otro lado del cristal, manteniendo una expresión de serenidad artificial.

—No te importa el niño —le espetó él, apretando los dientes—. Renegaste de él en cuanto supiste que no era un Pierce. No vengas a fingir ahora.

La anciana suspiró, clavando sus ojos fríos en la pequeña figura de Arthur a través del vidrio.

La anciana se alejó por el pasillo con paso firme. Dominic se quedó solo dentro de la habitación, pero el dolor en su cabeza se volvió insoportable. Intentó dar un paso hacia la cama de Arthur, pero el suelo pareció ondularse bajo sus pies. La vista se le nubló por completo; las luces blancas del hospital se fundieron en un resplandor cegador hasta que todo se volvió negro. No pudo sostenerse más.

—Grace…— avanzó a decir antes de que su cuerpo colapsara y se desplomara pesadamente contra el suelo.

El caos se apoderó de la unidad de aislamiento en cuanto las enfermeras divisaron el cuerpo de Dominic tendido en el suelo. Lo sacaron de la habitación en una camilla, mientras Christopher, el neurólogo, ordenaba su traslado inmediato a la zona de urgencias neurológicas.

Dominic recuperó el conocimiento a medias, con el rostro pálido y el sudor frío empapándole la frente. Las luces del techo pasaban como ráfagas blancas sobre sus ojos.

—Debemos hacerte una nueva resonancia ahora mismo, Dominic —le dijo Chris con tono urgente, ajustándose los guantes—. Temo que el tumor esté invadiendo tu cerebro con más rapidez de la que calculamos. Ese colapso es una señal de que la presión es insoportable.

Dominic apretó la mano del médico con una fuerza desesperada, negando con la cabeza a pesar del dolor que le desgarraba la sien.

—No... no quiero eso ahora —logró articular con la voz ronca, luchando por no volver a perder la conciencia—. Llamen a Maxwell Foster. Hagan que venga ya.

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