Maxwell estaba terminando de pagar la cuenta cuando la vibración de su móvil sobre la mesa lo puso en alerta. Al ver que la llamada provenía del hospital, el aire se le escapó de los pulmones y su rostro se volvió rígido. Sarah, que lo observaba con atención, dejó su bolso sobre el regazo, conteniendo el aliento.
—Hola —respondió Maxwell con voz tensa—. ¿Pasó algo con Arthur?
Se hizo un silencio de apenas unos segundos que para él se sintieron como horas. Maxwell apretó el teléfono con fuerza, escuchando la voz de la enfermera al otro lado del hilo.
—No, señor Foster —aclaró la mujer con rapidez—. El niño está bien, no se alarme. Es un asunto personal. El señor Dominic Pierce ha tenido un colapso y exige verlo a usted de inmediato en el ala de neurología.
Maxwell frunció el ceño, confundido por la petición pero sintiendo una urgencia que no podía ignorar.
—Voy para allá —sentenció antes de colgar.
Sarah se inclinó hacia adelante, con los ojos llenos de angustia.
—¿Qué ocurre? —preguntó ella de inmediato, con la voz temblorosa—. Maxwell, dime.
—No lo sé con exactitud —respondió él, guardando el móvil mientras se ponía de pie con rapidez—. Dominic me está llamando. Dicen que Arthur está bien, pero que algo sucedió con Pierce y quiere hablar conmigo ahora mismo.
Sarah se levantó de un salto, sin soltar su bolso, sintiendo que un nuevo nudo de ansiedad se le instalaba en la garganta. Si Dominic había colapsado y pedía ver a Maxwell, la situación tenía que ser desesperada.
—Vamos al hospital —dijo ella con determinación, caminando ya hacia la salida—. Yo voy contigo. No me voy a quedar aquí esperando.
Maxwell asintió, sin tiempo para discutir, y ambos salieron del restaurante a paso veloz, dirigiéndose al hospital donde la verdad sobre la salud de Dominic estaba a punto de estallar frente a ellos.
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Grace estaba sentada a la cabecera de la mesa de juntas, observando con una frialdad impecable al grupo de ejecutivos que, apenas unos días atrás, le habían dado la espalda. Habían insistido en reunirse con ella, hasta que por fin accedió a reunirse.
—Dustin nos presionó, Grace —comenzó uno de los directores financieros, con voz temblorosa—. Nos lavó el cerebro, nos prometió que si salíamos en bloque, la empresa volvería a manos de un Pierce y nuestros puestos estarían asegurados bajo su mando. Nos amenazó con represalias si nos quedábamos.
Grace entrelazó sus dedos sobre la superficie de madera y los miró uno a uno, sin que un solo músculo de su rostro se relajara.
—Yo necesito aquí gente de confianza, responsable y comprometida con esta empresa —sentenció Grace con una determinación que los dejó mudos—. No un grupo de personas que se dejan influenciar tan fácilmente por el primer oportunista que les ofrece una promesa vacía.
Se puso de pie, apoyando las palmas de las manos sobre la mesa, inclinándose ligeramente hacia ellos.
—Ustedes han trabajado años aquí. A algunos hasta los conozco personalmente —continuó, endureciendo el tono—. Por eso mismo me sorprende que actuaran como adolescentes, dejándose manipular de esa forma tan burda. Por tal motivo, no puedo devolverlos a sus lugares de trabajo. No después de la traición que intentaron ejecutar.
Un murmullo de protesta y súplica empezó a crecer entre los ejecutivos, pero Grace levantó una mano, cortándolos de golpe.
—Ustedes tomaron una decisión y deben hacerse responsables de las consecuencias de sus actos —afirmó con severidad—. Lo único que puedo hacer, por una cuestión de justicia y para cerrar este ciclo de forma limpia, es darles su liquidación completa, a pesar de que su renuncia fue voluntaria y legalmente no me correspondería hacerlo. No quiero que Global Pierce les deba absolutamente nada.
Grace tomó su carpeta y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo y giró la cabeza apenas lo suficiente para que escucharan sus últimas palabras.
Maxwell dio un paso atrás, la burla desapareció de su rostro mientras procesaba la seriedad en la mirada de Dominic. El silencio en la habitación se volvió asfixiante.
—¿Y ahora qué quieres de mí? —preguntó Maxwell, bajando la voz.
Dominic hizo un esfuerzo por incorporarse, apretando los dientes ante el dolor.
—Quiero que cuides a Grace. Que seas un buen esposo con ella, que la ames como se merece. Ella es una mujer excepcional y los niños... ellos no pueden perder su hogar ni su estabilidad. Quiero que no desampares a Arthur, que te ganes el cariño de tu hijo y que cuides de Sarah también.
Dominic se aclaró la garganta.
—Y quiero que esto sea nuestro secreto. No quiero que ellas se enteren, ni los niños. No quiero su lástima ni pasar mis últimos días viendo cómo lloran por mí. Prométeme que vas a cumplir con esto, Maxwell. Es lo único que te pido.
Maxwell se frotó el rostro, caminando en círculos por la pequeña habitación.
—Espera... no puedo creer que realmente estés muriendo. Esto es una locura.
—Pues es así —sentenció Dominic con amargura—. ¿Por qué te pediría que te quedaras con Grace cuando sabes perfectamente que la amo más que a mi vida? No me queda otra opción más que dejarla en manos de alguien que, a pesar de todo, sé que no la dejará sola.
—Pero debes luchar —insistió Maxwell, sintiendo una extraña punzada de respeto hacia su rival—. Debe haber alguna salida, alguna cirugía experimental, algo...
—No la hay —lo cortó Dominic—. Si me opero, es muy probable que quede en estado vegetativo, y no quiero pasar lo que me queda de tiempo siendo una carga. No hay salida, Maxwell. Así que dime de una vez: ¿vas a hacer lo que te pedí? ¿Vas a cuidar a mi familia?

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