Sarah se quedó paralizada junto a la puerta entreabierta de la habitación, con la respiración contenida y el corazón golpeándole las costillas. Cada palabra de Dominic se clavaba en sus oídos como un puñal. Se llevó las manos al rostro, ahogando un sollozo, mientras las piernas le temblaban al procesar la sentencia de muerte.
—No... —susurró para sí misma, con los ojos anegados en lágrimas—. No puede ser verdad.
Sintió una opresión insoportable en el pecho. No podía seguir escuchando cómo Dominic organizaba su propia muerte, entregándole a Maxwell la custodia de su vida entera. Dio un paso atrás, tambaleándose, y se alejó por el pasillo a tropezones, huyendo de esa realidad que la asfixiaba.
Entró al baño de la clínica y cerró la puerta con seguro, dejándose caer contra los azulejos fríos hasta quedar sentada en el suelo. Se cubrió la boca para que sus gritos no escaparan, pero el llanto le desgarraba la garganta.
—¡No puede ser Dominic! —sollozó con desconsuelo, abrazándose las rodillas—. ¡No, no puedes morirte ahora!
El pánico se apoderó de ella al pensar en el futuro. Arthur adoraba a Dominic; para el niño, él era su héroe, su refugio, el hombre que era su papá.
—¿Qué va a ser de mi hijo sin él? —se preguntó Sarah en medio de la oscuridad del baño—. Arthur no va a soportar perderlo... yo no voy a soportar esto.
Se quedó allí, escondida, rota por una verdad que no sabía cómo cargar. El hombre que había sido su compañero, el padre legal de su hijo, se estaba apagando en silencio, y ella acababa de convertirse en la guardiana de su secreto.
Sintió culpa por todo el daño que le hizo a Dominic en el pasado.
—Él no merece terminar así… —susurró. —¿Y si le digo a Grace?
Pensó en la posibilidad, pero luego desistió, sabía que Dominic no se lo perdonaría, él no querría que Grace estuviera a su lado por lástima.
—Me quedaré en silencio.
****
Maxwell salió de la habitación de neurología con la mandíbula apretada, sintiendo el peso de una promesa que nunca imaginó hacer. Caminó por el pasillo hasta que divisó a Sarah cerca de la entrada del baño; ella intentaba limpiar su rostro con un pañuelo, pero sus ojos estaban inyectados en sangre y la nariz enrojecida delataba su llanto.
Maxwell se detuvo frente a ella, escrutándola con una mezcla de sospecha y cautela.
—¿Estás bien? —preguntó Maxwell, bajando el tono de voz.
Sarah evitó su mirada, fingiendo guardar el pañuelo en su bolso con manos temblorosas.
—Sí... solo me asusté —mintió ella, con la voz todavía quebrada—. Pensé que le había pasado algo grave a Arthur.
Se hizo un silencio incómodo. Sarah inhaló profundamente antes de lanzar la pregunta que temía responderse.
—¿Qué quería Dominic? ¿Para qué te llamó con tanta urgencia?
Maxwell sostuvo su mirada, manteniendo el rostro impasible. Había decidido honrar el secreto de su rival, al menos por ahora.
—Tuvo un colapso por agotamiento extremo. Los médicos dicen que su cuerpo no resistió más la falta de sueño y la presión —mintió Maxwell con una naturalidad que lo sorprendió a él mismo—. Me pidió hablar contigo. No sé si crees conveniente que yo me quede lo que falta del aislamiento con Arthur para que tú descanses, o si prefieres encargarte tú.
—¿Cómo sigue Arthur? —preguntó ella, buscando alguna señal en los ojos de su esposo.
—Está bien —respondió Maxwell, dejando las llaves sobre la mesa del recibidor.
—¿Quieres cenar? —ofreció Grace, caminando hacia el comedor.
—Bueno —aceptó él, siguiéndola.
Se sentaron a la mesa. Grace, manteniendo la vista fija en su plato y tratando de sonar casual, soltó la pregunta que la había estado carcomiendo desde hacía días.
—Ahora que las cosas entre Sarah y tú parecen estar arreglándose... ¿ella va a divorciarse de Dominic? —preguntó Grace, como quien no quiere la cosa, pero con un brillo de esperanza contenida en la mirada.
Maxwell dejó de comer y levantó la vista. La miró directamente a los ojos, con una fijeza gélida que hizo que Grace se sintiera pequeña en su propia silla.
—Grace, no te hagas ilusiones con Dominic —le soltó él, con una voz carente de emoción—. Él y Sarah van a seguir casados. Han decidido que es lo mejor para Arthur y su recuperación. No habrá divorcio.
Grace sintió una punzada violenta en el corazón, un dolor sordo que la dejó sin aire por un segundo. La confirmación de lo que André le había insinuado en el almuerzo se sentía como una sentencia definitiva. Bajó la mirada, tratando de ocultar el impacto, pero Maxwell no había terminado.
—Así como tú y yo seguiremos casados por siempre —añadió él, inclinándose un poco hacia adelante, rompiendo la distancia—. O... ¿es que acaso piensas pedirme el divorcio?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La amante despreciada del CEO