Grace apretó los dedos debajo de la mesa. Por un segundo estuvo a punto de decir que no soportaba seguir con ese matrimonio, que Dominic era el único hombre en quien pensaba, pero recordó lo que André le contó sobre el divorcio detenido y la confirmación de Maxwell. El orgullo le impidió hablar.
—Pensé que... no, no tiene importancia —respondió Grace con voz baja. —Buenas noches, Maxwell.
Se puso de pie con movimientos rígidos. Sentía el cuerpo pesado y no quería que él notara el temblor de sus manos o que sus ojos se estaban llenando de lágrimas.
—Descansa, Grace —contestó él, con una calma que la ponía más nerviosa que sus ataques de furia.
Grace subió las escaleras rápido y entró en su habitación. Cerró la puerta y se apoyó contra la madera. Una lágrima de frustración rodó por su mejilla. Se sentía atrapada, no entendía qué estaba pasando realmente.
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Dos días después, André entró en el despacho de Grace con una carpeta de cuero bajo el brazo y una expresión de suficiencia. Se sentó frente a ella y extendió varios documentos sobre el escritorio, señalando con el dedo unos párrafos marcados en azul.
—Traigo algunas exigencias nuevas del consorcio asiático —dijo André sin rodeos—. Quieren que reformen las cláusulas de responsabilidad civil y los tiempos de entrega en Shanghái.
Grace dejó el bolígrafo sobre la mesa y frunció el ceño, sintiendo que la molestia le subía por el cuello.
—¿De qué hablas, André? Se supone que ya firmamos —le reclamó ella, cruzándose de brazos—. Los términos estaban claros desde el almuerzo.
—Fue un preacuerdo, Grace —respondió él, restándole importancia con un gesto de la mano—. Había detalles técnicos que resolver antes de la firma definitiva. No te pongas así.
Antes de que ella pudiera protestar, André sacó de su bolsillo una pequeña caja de bombones Ferrero Rocher y la deslizó sobre el escritorio.
—No olvido que te fascinan —le dijo con una sonrisa suave—. Un poco de azúcar para pasar el trago amargo de las cláusulas.
Grace miró los chocolates y luego a él. Suspiró, tratando de calmarse para mantener el profesionalismo.
—Gracias —respondió ella de forma escueta—. Revisemos de una vez qué es lo que quiere ese consorcio exactamente.
Grace se inclinó sobre los papeles, pero André no se quedó en su sitio. Se levantó y caminó hacia el lado de su escritorio, inclinándose demasiado cerca de ella para señalar un punto en el contrato. El calor de su cuerpo y su perfume invadieron el espacio personal de Grace, quien se tensó pero no se movió para no parecer intimidada.
Dominic ignoró los papeles y fulminó a André con una mirada cargada de frialdad.
—Te dije que no íbamos a cambiar nada —sentenció Dominic con voz autoritaria—. Si ellos quieren usar Global Pierce, nosotros ponemos las condiciones. Nosotros tenemos el poder en el puerto y ellos lo saben.
—Pero, Dominic, ellos insisten en... —intentó decir André, retrocediendo un paso.
—Esta noche quiero una reunión con ellos —lo cortó Dominic de forma tajante—. Organiza todo ya. Muévete.
André asintió en silencio, recogió sus carpetas con manos torpes y salió del despacho casi huyendo. Grace se quedó a solas con él.
—No sabía que Arthur ya había salido del hospital —comentó ella, escrutando su rostro—. Te ves cansado, Dominic. Diferente.
—Tenía algo de agotamiento, nada más —mintió él, sosteniéndole la mirada con un esfuerzo que le quemaba por dentro—. No es fácil aislarse cuando tengo pendientes que resolver aquí afuera. Veo que André y tú están muy cómodos.

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