—André es solo un empleado, nada más —lo interrumpió Grace con firmeza, herida por su tono—. Además, no tienes derecho a insinuar nada…
Dominic levantó los brazos en un gesto de rendición amarga.
—Vine en paz, Grace. No quiero discutir. Dime cómo van las cosas en la empresa. ¿Mi abuela te ha molestado?
—Toda la planta ejecutiva renunció por chismes de Dustin —respondió ella, suspirando y cruzándose de brazos para ocultar su agitación—. Luego se reunieron conmigo y quisieron volver. Me negué. Les daré sus liquidaciones y se irán. ¿Te parece bien?
Dominic la miró con una mezcla de sorpresa y una admiración que no pudo ocultar. Por un momento, el brillo del hombre que ella amaba regresó a sus ojos.
—Tú eres la CEO —afirmó él con sinceridad—. Me parece bien lo que hiciste. Tienes el carácter necesario para este puesto.
Grace arqueó una ceja, sin dejar que ese cumplido la ablandara.
—Me alegra que lo recuerdes, porque hace unos momentos convocaste a una reunión sin mi consentimiento.
Dominic soltó una risa seca, desprovista de cualquier rastro de alegría, y dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio.
—Hace unos minutos te vi en problemas con André. Ah, perdón... veo que quieres que te siga enamorando. Disculpe, señora Scott, por dañarle sus planes. Lo lamento tanto.
Grace sintió que la sangre le hervía y la rabia le encendió las mejillas.
—No seas imbécil —le espetó, enfurecida—. Soy una mujer casada. No me interesa André ni sus atenciones. No me faltes al respeto.
Dominic se le acercó tanto que Grace pudo notar el sudor frío en su frente y su respiración errática. El ambiente se llenó de tensión y de ese magnetismo que los empujaba el uno hacia el otro.
—No olvido que estás casada —susurró él, clavando sus ojos en los de ella con una fijeza que le desgarraba el alma—. Y de todo corazón espero que tú tampoco lo olvides. Maxwell es un buen tipo y no merece que lo traiciones. Además, dijiste que lo amas. Sé feliz con él.
Pronunciar esas palabras le dolió a Dominic más que el propio tumor que lo mataba. Grace lo miró totalmente desconcertada, sintiendo que el mundo se le venía abajo.
—¿A qué juegas, Dominic? No te comprendo —balbuceó ella con la voz rota.
—No juego a nada, Grace. Aprendí a perder. Entendí que no lo puedo tener todo en la vida. Que yo no esté contigo no quiere decir que haya dejado de amarte —confesó él, y por un segundo la máscara de dureza se le rompió—. Pero entendí que tu felicidad no es a mi lado.
Dominic se alejó bruscamente, apretando los puños para contener el impulso de lanzarse a sus labios y rogarle que no lo dejara morir solo. Hizo un esfuerzo sobrehumano por mantener la espalda recta mientras caminaba hacia la salida.
—Estaré en la sala de juntas —sentenció antes de salir.
Grace se quedó sola en medio del despacho, temblando, con el sabor de su declaración quemándole la piel y un vacío en el pecho que no lograba entender.
—No te entiendo Dominic…
Se puso de pie bruscamente, pero el movimiento fue demasiado rápido. Un mareo violento lo hizo tambalearse y sus rodillas flaquearon. Grace reaccionó por instinto, lanzándose hacia él para sostenerlo por los brazos. El impacto de sus cuerpos los dejó a escasos centímetros.
La tensión estalló entre ellos. Grace sentía el calor que emanaba del pecho de Dominic y veía el agotamiento real en sus pupilas. Sus respiraciones se cruzaron. Por un instante, el orgullo desapareció.
—Debes descansar —murmuró ella, sin soltarlo, sintiendo la firmeza de sus hombros bajo la tela fina de la camisa.
—Tranquila —replicó él, tratando de recuperar el equilibrio, pero sin alejarse de su rostro ni un milímetro—. Me voy a casa a dormir un rato para la junta de esta noche.
—No te voy a dejar ir así —sentenció Grace, endureciendo el gesto. Sus manos seguían firmes sobre él—. No estás en condiciones de conducir. Dame las llaves del auto y dime a dónde te llevo.
Dominic se quedó inmóvil, observándola con una intensidad que parecía querer grabarse su imagen para siempre. Una pequeña sonrisa amarga se dibujó en sus labios.
—¿Estás segura de querer saber en dónde vivo, Grace? —preguntó él con voz baja y cargada de una intención que ella no alcanzó a descifrar.
Ella se estremeció ante el tono, pero la determinación de no dejarlo solo fue más fuerte.
—Sí —afirmó ella, sosteniéndole la mirada con desafío.
—Está bien —cedió Dominic, sacando las llaves y dejándolas caer en la palma de su mano—. Vamos.

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