Sarah se acomodó en el borde de la cama, acariciando la frente de Arthur mientras el niño descansaba después de recibir sus medicinas.
—Cariño, quiero hablarte de Maxwell —comenzó Sarah, bajando la voz—. Él es un buen amigo mío, alguien de hace mucho tiempo. Me gustaría que ustedes también fueran amigos.
Arthur la miró con esos ojos grandes y curiosos que tanto le recordaban a los de Maxwell, aunque todavía no podía decírselo.
—Ese señor me cae bien, mamá —respondió el pequeño con sinceridad—. Me mira bonito. Además, él me salvó la vida, ¿verdad? Pero... extraño a papá Dominic.
Sarah sintió una punzada de dolor en el pecho, pero forzó una sonrisa para no preocuparlo.
—Papá Dominic debe descansar ahora, hijo. Ha estado mucho tiempo aquí cuidándote y necesita recuperar fuerzas. Pero apenas salgas de aquí, nos reuniremos con él. Para eso debes ser un niño bueno: tomar todas tus medicinas y comer toda la comida que te traigan.
Arthur asintió con determinación. En ese momento, una figura apareció tras el vidrio de la unidad. Era Maxwell. Se veía impecable, pero su mirada se iluminó en cuanto sus ojos se cruzaron con los del niño. Sarah caminó hacia el ventanal, tomó el intercomunicador y activó el altavoz para que Arthur pudiera escucharlo desde la cama.
—Hola, campeón —dijo Maxwell a través del aparato. Su voz sonaba cálida, despojada de su habitual frialdad—. ¿Cómo te sientes hoy?
—Mejor —contestó Arthur, sentándose un poco más derecho—. Pero la comida de aquí no me gusta nada. Cuando salga, quiero una hamburguesa gigante.
Maxwell soltó una risa genuina, una que Sarah solo había escuchado en el pasado.
—Hecho. Cuando el médico lo permita, te llevaré a comer la hamburguesa más grande que encuentres. Incluso podríamos ir a San Francisco; allí venden unas que son deliciosas.
Los ojos de Arthur brillaron con ilusión.
—¿Podré viajar, mamá? —preguntó volviéndose hacia Sarah.
—Claro que sí, corazón —respondió ella, tratando de contener la emoción—. Tendrás una vida normal, solo tendremos que seguir cuidando tu asma como siempre.
—Me cuidaré, lo prometo —afirmó el niño con firmeza—. Quiero jugar como mis amigos y volver a la escuela.
Maxwell observó al pequeño a través del cristal. Sintió un calor extraño en el pecho, una mezcla de orgullo y ternura que lo desarmó por completo. Se pegó un poco más al vidrio, mirando a Arthur como si fuera el tesoro más valioso que jamás hubiera poseído.
—Lo harás, Arthur. Eres un campeón —sentenció Maxwell con la voz cargada de convicción—. Tienes mi sangre, y nosotros no conocemos la derrota. Nunca.
*****
Grace conducía en silencio, siguiendo las indicaciones de Dominic, hasta que el vecindario le resultó dolorosamente familiar. Frenó frente a la entrada del edificio donde habían compartido su vida antes de que todo se destruyera. Los recuerdos de las mañanas juntos y las promesas hechas en ese lugar la golpearon de frente.
—Yo sabía que algo tramabas —soltó ella, apretando el volante con fuerza.
Dominic, que gracias al medicamento se sentía bastante mejor, la miró de reojo.
Se fueron comiendo a besos por el pasillo, tropezando con las paredes, sin romper el contacto de sus bocas húmedas. Dominic la empujó contra la pared del corredor y la acorraló con todo su peso, sintiendo el calor que ella desprendía. Sus manos bajaron con urgencia, subieron por sus muslos bajo la falda y desgarraron la fina seda de su ropa interior. Grace soltó un jadeo gutural cuando los dedos de él la invadieron con fuerza, encontrándola empapada y lista. Se arqueó contra la pared, enterrando las uñas en los hombros de él mientras su cabeza caía hacia atrás.
Desesperada, ella le arrancó la camisa, haciendo volar los botones por el suelo. Besó su cuello, mordiendo la piel, dejando marcas rojas mientras sus manos recorrían los músculos tensos del pecho de él. Dominic gruñó, un sonido animal de placer, y atrapó sus senos por encima de la blusa, apretándolos con una presión que le arrancó a ella nuevas súplicas.
—Dominic…
Entraron a la alcoba y la ropa fue quedando tirada como restos de una batalla. Dominic la desnudó por completo y se detuvo a devorar cada centímetro de su piel con la boca; sus labios calientes recorrieron su vientre, bajaron hasta el centro de su humedad y la hicieron temblar hasta que sus piernas cedieron. Él la cargó y la arrojó a la cama, posicionándose entre sus muslos con la mirada encendida de lujuria pura.
—Te amo, Grace... no tienes idea de cuánto te he deseado —susurró él con la voz ronca, pegando su frente a la de ella—. Cada noche ha sido un infierno imaginándote así.
—Cállate y hazme tuya ahora mismo, Dominic —suplicó ella, jalándolo por el cuello.
Dominic entró en ella de una sola estocada profunda, violenta y total, llenándola de forma absoluta. Grace soltó un grito de placer que retumbó en las paredes y rodeó la cintura de él con sus piernas, anclándolo dentro de su cuerpo. Él comenzó a moverse con embestidas rítmicas y potentes, cada una más profunda que la anterior, haciendo que el respaldo de la cama golpeara la pared rítmicamente. Los jadeos eran pesados, cargados de una necesidad que quemaba.
Dominic la besaba con lengua y dientes mientras aumentaba la velocidad, sintiendo cómo el interior de ella lo apretaba y lo arrastraba al abismo.
—¡Dominic! —gritaba Grace, moviendo las caderas frenéticamente para recibir cada impacto, clavando las uñas en la espalda de él hasta sacarle sangre.
Él no se detuvo. El ritmo se volvió intenso. Dominic apretó los dientes, mientras sus embestidas se volvían más rápidas y desesperadas, buscando el fondo de su ser como si quisiera fundir sus almas antes de que el tiempo se acabara. Grace sentía que perdía el sentido, rodeándolo con las piernas hasta que ambos estallaron en un delicioso orgasmo que los dejó temblando, aferrados el uno al otro.

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