Grace se incorporó en la cama de golpe. El silencio de la habitación, que segundos antes estaba lleno de calor y jadeos, se volvió gélido. Sin mirar a Dominic, comenzó a recoger su ropa del suelo con movimientos erráticos y manos temblorosas, como si cada prenda fuera un escudo contra la realidad que acababa de crear.
Dominic la observaba desde la cama, con el pecho aún agitado y una punzada de dolor físico y emocional que le atravesaba el centro del cuerpo. Verla vestirse con esa urgencia, como quien huye de la escena de un crimen, le dolió más que cualquier síntoma de su enfermedad. Sabía que ella estaba librando una batalla interna, desgarrada por la confusión.
—Grace, no tienes que decir nada —murmuró él con la voz ronca—. No te sientas culpable por lo que acaba de pasar… los dos sabemos que tarde o temprano…
—Esto no debió pasar —interrumpió ella de golpe, sin detenerse, peleando con los botones de su blusa—. No debí permitirlo.
Dominic soltó un suspiro cargado de amargura. La ironía de la situación le quemaba por dentro.
—Quizás es una nueva despedida —dijo él, obligándose a mantener la calma—. Solo que esta vez los papeles se han invertido. Eres tú la que me deja, y lo entiendo perfectamente. Ahora sé y siento en carne propia lo que te dolió a ti cuando yo lo hice. Si pudiera... te detendría ahora mismo. Te pediría que no cruzaras esa puerta. Pero no puedo.
Grace se detuvo un segundo, confundida por ese matiz de derrota en sus palabras, pero su mente estaba demasiado nublada por la culpa para profundizar. Se ajustó la falda y se giró para encararlo, con el rostro endurecido por una máscara de frialdad que apenas ocultaba su fragilidad.
—Sí, tienes razón, no me quedaría —espetó ella con dureza—. No debí caer en esto. Fue un error, Dominic. Me dejé llevar por los recuerdos, por todo lo que vivimos en el pasado, pero no quiero que esto vuelva a pasar. Nunca más.
Dominic la miró con una resignación absoluta. No iba a suplicar, no cuando sabía que sus días estaban contados.
—Tranquila —respondió él, recostando la cabeza contra el respaldo de la cama—. No intentaré seducirte de nuevo a menos que tú lo desees.
Grace lo fulminó con la mirada, herida por la seguridad con la que él le recordaba que seguía teniendo poder sobre sus deseos. Terminó de calzarse, tomó su bolso y salió de la alcoba casi corriendo.
Salió del edificio y subió a su auto. El motor rugió mientras ella salía a toda velocidad hacia su casa, apretando el volante con fuerza. . Por dentro, Grace luchaba con todas sus fuerzas: quería arrepentirse de verdad, quería sentir que odiaba lo que acababa de hacer, pero no podía. El rastro del perfume de Dominic, el calor que aún sentía en su piel y el eco de su voz le decían la verdad que intentaba negar: deseaba con cada fibra de su ser volver a estar con él.
****
Dominic se quedó inmóvil en la penumbra de la alcoba, rodeado por el silencio sepulcral que dejó la huida de Grace. El aroma de su piel seguía impregnado en las sábanas y en su propio cuerpo, como un recordatorio físico de que, hacía apenas unos minutos, ella había sido suya. La intensidad de su abrazo y la forma en que ella se aferró a él no mentían; Dominic lo sintió en cada poro: ella todavía lo amaba con la misma fuerza que antes.
Se pasó una mano por el rostro, tratando de calmar el temblor de sus dedos. La tentación de correr tras ella, de rogarle que se quedara y de confesarle toda la verdad quemaba en su garganta, pero se obligó a contenerse.
Dominic se inclinó hacia adelante, tomando las riendas con la autoridad que lo caracterizaba.
—Eso es inaceptable —sentenció Dominic con voz firme—. Nuestra infraestructura es la que garantiza el éxito de esta operación. No voy a ceder el control por un capricho de...
De pronto, Dominic se detuvo en seco. El mundo frente a él se desintegró en una mancha blanca y borrosa hasta quedar en una oscuridad absoluta. Sus ojos estaban abiertos, pero no veía nada. El pánico le oprimió la garganta, pero mantuvo el rostro impasible, aunque el sudor frío comenzó a perlar su frente. Se quedó en un silencio sepulcral que se prolongó demasiado.
André aprovechó el vacío de inmediato, frotándose las manos.
—Lo que el señor Pierce intenta decir es que estamos abiertos a negociar —intervino André, mirando a la cámara con una sonrisa servil—. Entendemos sus demandas y creemos que ceder ese margen es una muestra de buena voluntad para asegurar la alianza.
Grace notó que algo andaba mal. Observó a Dominic de reojo y vio cómo él se llevaba una mano temblorosa al puente de la nariz, cerrando los ojos con fuerza, mientras su otra mano se aferraba al borde de la mesa hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Él estaba allí, pero estaba ausente, luchando contra algo que ella no comprendía.
—No —interrumpió Grace, alzando la voz para callar a André. Su corazón latía con fuerza, pero no podía permitir que el negocio se hundiera ni que Dominic quedara expuesto—. El señor André no habla por la presidencia.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La amante despreciada del CEO