Los asiáticos murmuraron entre ellos, confundidos por la interrupción. Grace sintió un nudo de nervios en el estómago; miraba a Dominic esperando una señal, pero él seguía estático, con la mirada perdida en la nada.
—Nuestra oferta final es una reducción del cinco por ciento, no del quince —continuó Grace, tratando de que no se le notara el temblor en la voz—. Si aceptan, cerramos el acuerdo ahora mismo. De lo contrario, tenemos otras tres firmas en espera que valoran nuestra logística tal como está.
André la fulminó con la mirada, furioso por ser desautorizado.
—Grace, estás siendo imprudente —masculló André entre dientes.
—Estoy cerrando el trato, André. Silencio —lo cortó ella con una autoridad que sorprendió incluso a los inversionistas.
Tras unos segundos de deliberación interna en la pantalla, el líder de la delegación asiática asintió y dio su aprobación. El negocio estaba cerrado bajo los términos de Grace.
—Se acabó —dijo Grace, girándose de inmediato hacia Dominic.
Dominic parpadeó con lentitud, sintiendo cómo la luz de la sala de juntas regresaba en ráfagas borrosas y dolorosas. Los contornos de la mesa y las pantallas se definieron poco a poco, pero el esfuerzo por mantenerse erguido le estaba robando las pocas fuerzas que le quedaban. Inspiró aire con discreción, tratando de que su pecho no subiera y bajara de forma errática.
—Señores —añadió Dominic, mirando hacia la pantalla ahora oscura, aunque su voz sonó más baja de lo habitual—. El acuerdo queda ratificado bajo los términos expuestos por la señora Scott. Mi equipo enviará los documentos legales para la firma electrónica.
André lo observó con una mezcla de curiosidad y sospecha. No era normal que Dominic Pierce cediera la palabra de esa forma ni que se quedara petrificado en medio de una negociación millonaria.
—¿Estás bien, Dominic? —preguntó André, entrecerrando los ojos mientras recogía sus pertenencias—. Te quedaste en blanco un buen rato.
—Sí, estoy bien —respondió Dominic con sequedad, sin mirarlo—. Solo fue un momento de cansancio. Han sido días largos.
André se encogió de hombros, aunque no pareció muy convencido. Se puso la chaqueta y se giró hacia Grace con una sonrisa cargada de intención.
—Bueno, me retiro. Grace, ¿te llevo? Ya es tarde y la ciudad está algo peligrosa a estas horas.
—No es necesario, André —lo cortó ella de inmediato, sin siquiera levantar la vista de su tableta—. Tengo asuntos que revisar antes de irme.
André asintió con un gesto rígido y salió de la sala. Grace esperó a escuchar que la puerta se cerrara por completo para dejar caer su fachada profesional. Se puso en pie y caminó hacia Dominic, que seguía sentado, sosteniéndose del borde de la mesa.
—¿Qué tienes, Dominic? —soltó ella sin rodeos—. Dime la verdad. Eres el padre de mis hijos... ¿estás enfermo?
En cuanto se quedó solo, el aire le faltó. Dominic se desplomó sobre la mesa, hundiendo el rostro entre las manos mientras un temblor incontrolable lo sacudía. Con un esfuerzo sobrehumano, marcó el número de Chris.
—Hoy se me nubló la vista —soltó en cuanto atendieron. Su voz era un hilo de desesperación—. No veía nada, Chris. Me quedé a oscuras en plena junta. ¿Qué me está pasando?
Al otro lado, el silencio de Chris fue pesado.
—Es el avance del tumor, Dominic. La presión está afectando el nervio óptico —explicó con frialdad profesional—. La ceguera temporal será más frecuente. El tiempo se está agotando.
—Debes darme algo, lo que sea —exigió Dominic, apretando el teléfono hasta ponerse los nudillos blancos—. No puedo morir aún. Necesito dejar protegida a Grace, saber que mis hijos estarán a salvo. Necesito tiempo para limpiar el camino.
—Lo que pides es un milagro, no medicina —respondió Chris—. Puedo darte algo más fuerte para el dolor, pero no va a detener el proceso. Si no vas a un hospital, el próximo colapso será el definitivo.
Dominic cerró los ojos y una lágrima de impotencia resbaló por su mejilla.
—No tengo tiempo para hospitales —sentenció antes de colgar—. Solo dame las pastillas. Tengo que terminar lo que empecé. No voy a dejar a Grace a la deriva.

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