Grace llegó a casa con el cuerpo tenso y la mente todavía atrapada en la oficina, en aquella imagen de Dominic sosteniéndose de la mesa para no caer. En la estancia, Maxwell la esperaba en silencio.
—¿Cómo te fue? —preguntó él al verla entrar.
—Bien. El consorcio aceptó todas las condiciones —respondió Grace mientras dejaba su bolso en el sofá y se sentaba con pesadez. Soltó un suspiro largo antes de preguntar por lo que realmente le importaba—: ¿Y Arthur?
—Está mejor —Maxwell le dirigió una mirada tranquila—. Se le ve de mejor semblante, creo que se va a recuperar pronto.
Grace asintió, sintiendo un alivio momentáneo, pero la inquietud seguía ahí, quemándole el pecho.
—¿Quieres vino? —propuso ella de pronto.
Maxwell la observó con fijeza. Conocía ese tono; sabía que cuando Grace ofrecía una copa a esas horas era porque algo la estaba consumiendo por dentro. Se levantó sin decir nada, caminó hacia el aparador y sirvió dos copas.
—¿Qué tienes, Grace? —preguntó mientras le entregaba el cristal frío.
Ella tomó la copa, pero no bebió de inmediato. Sus dedos temblaban ligeramente contra el tallo del vidrio.
—Tengo que confesarte algo —soltó ella con la voz baja, sin ser capaz de mirarlo a los ojos—. Se me cae la cara de vergüenza y sé que vas a repudiarme. Te mentiría si te dijera que me arrepiento... y sé que esto no estaba en nuestros planes, que te vas a enojar.
Maxwell no se inmutó. Se sentó frente a ella, dejó su copa en la mesa y le tomó las manos con firmeza, obligándola a conectar con su realidad.
—Dime —le pidió con calma.
Grace bebió un sorbo generoso de vino, buscando el valor que le faltaba. Cerró los ojos un segundo antes de soltar la verdad.
—Dominic y yo... tuvimos relaciones.
Maxwell alzó una ceja, pero no hubo rastro de ira en su rostro. Solo una resignación profunda.
—Pues... no me sorprende —respondió él con naturalidad—. Tú lo amas y él te ama a ti.
Grace frunció el ceño, desconcertada por la falta de reclamos.
—¿En serio? ¿No te importa?
—Siempre hemos sido amigos, Grace. Vivimos un matrimonio de mentira —Maxwell soltó sus manos y se reclinó en el asiento—. ¿Qué pasaría si yo hubiera pecado con Sarah? ¿Me reclamarías?
Grace negó con la cabeza de inmediato.
—No, claro que no. Sé que detrás de esa máscara de odio, todavía la amas.
—Sarah y yo no tenemos futuro —sentenció Maxwell con un matiz de amargura—, igual que Dominic y tú. ¿O es que piensas regresar con él?
Grace bajó la mirada, perdida en el recuerdo de Dominic en la cama del apartamento, en su renuncia a detenerla.
En la empresa, su amor por Grace se transformó en un escudo institucional. Sin que ella lo supiera, Dominic blindó su posición de forma definitiva. Envió directrices firmes a la junta directiva: cualquier decisión tomada por Grace Scott tenía carácter irrevocable y contaba con el respaldo total de su capital personal. Se aseguró de que los socios entendieran que tocar a Grace era declararle la guerra a él. Movió hilos para que los proveedores firmaran contratos de exclusividad con Global Pierce, bajo la condición estricta de que los acuerdos solo seguirían vigentes mientras Grace permaneciera en el cargo. Estaba construyendo una red de seguridad tan sólida que, incluso cuando él ya no estuviera, nadie pudiera moverle el piso.
Una tarde, tras tres días de ausencia, Dominic apareció en la casa. Se veía más delgado, con ojeras profundas que intentaba ocultar tras una actitud serena. Derek corrió hacia él con un cuaderno de figuras.
—¡Dominic!, ¿me ayudas? —pidió el niño.
Dominic sintió una punzada de dolor en el pecho al escuchar que lo llamaba por su nombre, pero se sentó en la alfombra con el pequeño, haciendo un esfuerzo sobrehumano para enfocar la vista.
—Claro, Derek. Vamos a dibujar juntos —susurró con la voz quebrada.
Desde el umbral, Grace los observaba. Sentía una opresión que no la dejaba respirar al ver la conexión de sus hijos con el hombre que, andaba distante, extraño, no era el mismo Dominic de antes.
—Has estado perdido —dijo Grace.
Dominic levantó la mirada. Sus ojos se cruzaron y él sintió la agonía de saber que se estaba apagando.
—Mucho trabajo, Grace. Nada de qué preocuparse —mintió.
En ese momento, Doménica se acercó y se abrazó a la pierna de Dominic, mirándolo con una pureza que le detuvo el corazón.
—¿Te quedaras a cenar, papá? —preguntó la niña con naturalidad.

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