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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 12

Grace se limpió las lágrimas con un movimiento brusco. Se puso de pie y sus ojos, antes nublados por el dolor, cobraron un tinte gélido. Apretó los puños.

—Claro que no. No tendré piedad con nadie de esa familia —gruñó—. Pero conozco demasiado bien a Dominic. En este momento debe estar dando órdenes, blindándose de mí, esperando mi ataque.

—¿Qué propones entonces? —preguntó Maxwell, intrigado.

—Los vamos a dejar crecer. Vamos a dejar que suban tanto que su caída les rompa los huesos. Cuando esté en la cima, cuando se crea el dueño absoluto del mundo... ahí atacaremos.

Maxwell apretó los puños, midiendo las palabras de Grace.

—Eso nos llevará años.

—Exacto. Los mismos años que usaremos para que esta empresa sea un muro impenetrable. Apenas llevas un año en este negocio, Maxwell; no podemos competir con ese gigante ahora mismo. No estamos en igualdad de condiciones.

Grace caminó hacia el ventanal y miró hacia el horizonte con una frialdad nueva.

—Debemos crecer. Prepararnos. Estudiar cada una de sus estrategias y vigilarlos desde las sombras. Vamos a dejarlos tranquilos para que crean que somos los mismos muertos de hambre a los que despreciaron. Sarah Coleman y Dominic Pierce se van a arrepentir de habernos destrozado la vida. ¡Lo juro!

****

Seis años después.

Dominic caminó a pasos largos por el pasillo del hospital, ajustándose el nudo de la corbata con dedos torpes. Cada vez que recibía esa llamada, el mundo se le venía abajo.

Tras el choque con Maxwell, Dominic había regresado a Nueva York para hallar a Sarah hospitalizada y soportar los reclamos de su abuela, quien lo culpó de casi perder a su heredero. El nacimiento de Arthur a los siete meses, entre crisis y diagnósticos médicos, lo obligó a jurar lealtad a un hogar muerto, enterrando su búsqueda pero no sus sentimientos. Se refugió en el trabajo y en la fragilidad de su hijo, manteniendo con Sarah una convivencia gélida, con muy poca intimidad, mientras en el fondo de su alma guardaba la esperanza masoquista de volver a ver a Grace.

Empujó la puerta de la habitación. El siseo del nebulizador y el pitido del monitor llenaron el silencio. Sarah estaba sentada junto a la cama, impecable. Se puso de pie en cuanto lo vio.

—Llegas tarde —soltó ella. Su voz era veneno.

—No es el momento, no me reclames aquí. Estaba en una junta. Vine en cuanto pude —respondió Dominic.

Sarah lo agarró del brazo y casi a la fuerza lo sacó. Dominic no puso mucha resistencia, no era conveniente que Arthur los escuchara discutir.

—Como siempre, el trabajo es primero —reclamó ella—. Arthur casi no llega. Se puso morado en la escuela mientras tú cerrabas contratos.

Dominic cerró los ojos, tragándose la réplica. El agotamiento le pesaba como una losa.

—No empieces, Sarah. Por favor.

—¿Que no empiece? —ella señaló la puerta de la habitación donde el niño respiraba con dificultad bajo una máscara de plástico—. Si nació enfermo es por tu culpa. Por tus gritos y tu desprecio durante mi embarazo. Él paga tus pecados.

Sarah se alejó caminando por el pasillo. Dejó un rastro de perfume caro y una culpa que asfixiaba a Dominic.

—Tienen mucha energía —dijo Maxwell, apareciendo en el pasillo mientras terminaba de abotonarse los puños de la camisa. Miró a los niños con esos ojos marrones cargados de ternura. Amaba a los pequeños como si en verdad fueran sus hijos—. Están listos para comerse la escuela.

—¡Sí papá! —exclamaron los pequeños emocionados.

—Hoy empezamos el primer grado —avisó Dominic.

—Es un día importante —añadió Doménica.

Los ojitos de ambos brillaban de emoción.

«Claro que hoy es un día importante» dijo Grace en su mente.

Les dio un beso en la frente a cada uno. Comparados con la fragilidad que Dominic enfrentaba en Nueva York con Arthur, sus hijos eran un estallido de vida. A los hospitales habían ido por vacunas, revisiones de rutinas, y las enfermedades leves que atacaban a los niños, ellos eran un torbellino de energía y vitalidad.

—Es el primer día de una nueva etapa —dijo Grace, mirando a Maxwell y luego a sus hijos—. Prepárense, porque esto no es igual que el preescolar.

Maxwell asintió, compartiendo esa mirada de complicidad que habían forjado durante seis años de planes compartidos.

—Vayan al auto, niños. Los llevo yo —ordenó Maxwell.

Los mellizos salieron disparados por el pasillo, compitiendo por ver quién llegaba primero. Grace se quedó un segundo a solas en la estancia, respirando el silencio. Sabía que la paz estaba por terminar. El nombre de su empresa ya resonaba en los círculos financieros y la licitación del Pacífico era el anzuelo perfecto para hacer caer al tiburón que tanto odiaba.

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